ESCRITORES INTERNÁUTAS- QUIERO ABRIR UN BLOG (I)

Buenos días, escritores!!!

Hoy vamos a hablar de unas de las mejores herramientas para los escritores internáuticos: los blogs.

La primera pregunta que seguramente ronde nuestra mente es: ¿Por qué abrir un blog? 

Cada bloggero en particular tendrá sus propias razones, pero yo os voy a dedescargajar algunas:

1) Los blogs son un método excelente de dar a conocer tu talento 

2) Puedes compartirlo con la audiencia que, además de ser anónima, suele ser bastante objetiva

3) Es una forma directa de relacionarte con los lectores y así tener su opinión

4) Harás amigos!! Y encontrarás personas que compartan tus gustos y tus aficiones.

 

Un blog es como un cuaderno en blanco que puedes rellenar contando todas tus ideas, así que… ¿A qué esperas para empezar? 😀

 

Una vez que hemos tomado la decisión de crear nuestro propio rinconcito virtual, tenemos que decidir qué plataforma se adecua más a nuestras necesidades.

 

Las más utilizadas por la comunidad son Blogger y WordPress. Veamos cuáles son sus diferencias:

post-blogger-y-wordpress

 WordPress es la herramienta más popular para la creación de blogs.

Esta plataforma nos proporciona dos opciones WordPress.com y WordPress.org. La diferencia está en que la primera ofrece hosting pero no dominio propio. Esto significa que estos blogs que se crean por esta vía, llevan detrás del nombre la extensión “.wordpress.com”. Las funcionalidades que ofrece son algo más limitadas.

En cambio, WordPress.org, es la versión “profesional”: hay que contratar un dominio y servicio de hosting aparte donde poder instalar la aplicación. Esta opción es mas cara puesto que el hosting cuesta unos 100€ anuales, aunque a cambio, ofrece funcionalidades ilimitadas por ejemplo,a la hora de personalizar tu página.

– Blogger es la plataforma de Google.

Ofrece hosting pero no dominio propio por lo que siempre llevará .”blogspot.com” detrás del nombre que hayas elegido. Tiene funcionalidades limitadas y su gran ventaja es la conectividad que, para mí, es uno de los factores más importantes a la hora de abrir un blog.

Además, para los principiantes va estupendamente puesto que es muy sencillo de manejar. Tiene plantillas muy bonitas y, bastantes recursos para personalizarlo a tu gusto.

 

MI EXPERIENCIA:  Como cada una de las plataformas me aportaba ventajas e inconvenientes diferentes… ¡¡Decidí crear las dos!!

Lleva un poquito mas de trabajo subir las entradas por duplicado, pero los beneficios pueden ser igualmente el doble de buenos.

 

¿Y vosotros? ¿Sois de Wordpress o Blogger?

ESCRITORES INTERNÁUTAS – 10 MANDAMIENTOS PARA ESCRIBIR CON ESTILO… SEGÚN UN EXPERTO

Buenos días escritores!!

Hoy quiero compartir con vosotros los diez mandamientos de Friedrich Nietzsche para escribir con estilo. Fue un filósofo, poeta, músico, pensado y filósofo alemán (Hacía de todo!!) y considerado uno de los pensadores contemporáneos mas influyentes del S. XIX.
Autor de, entre otras, “Así hablo Zaratusta”, o “El Anticristo”, recopiló estas pautas esenciales que no hablan de gramática si no de la escritura como un estilo de vida.
¿Empezamos?
1. Lo que importa más es la vida: el estilo debe vivir.
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2. El estilo debe ser apropiado a tu persona, en función de una persona determinada a la que quieres comunicar tu pensamiento.
3. Antes de tomar la pluma, hay que saber exactamentecómo se expresaría de viva voz lo que se tiene que decir. Escribir debe ser sólo una imitación.
4. El escritor está lejos de poseer todos los medios del orador. Debe, pues, inspirarse en una forma de discurso muy expresiva. Su reflejo escrito parecerá de todos modos mucho más apagado que su modelo.
5. La riqueza de la vida se traduce por la riqueza de los gestos. Hay que aprender a considerar todo como un gesto: la longitud y la cesura de las frases, la puntuación, las respiraciones; también la elección de las palabras, y la sucesión de los argumentos.
6. Cuidado con el período. Sólo tienen derecho a él aquellos que tienen la respiración muy larga hablando. Para la mayor parte, el período es tan sólo una afectación.
7. El estilo debe mostrar que uno cree en sus pensamientos, no sólo que los piensa, si no que los siente.
8. Cuanto más abstracta es la verdad que se quiere enseñar, más importante es hacer converger hacia ella todos los sentidos del lector.
9. El tacto del buen prosista en la elección de sus medios consiste en aproximarse a la poesía hasta rozarla, pero sin franquear jamás el límite que la separa.
10. No es sensato ni hábil privar al lector de sus refutaciones más fáciles; es muy sensato y muy hábil, por el contrario, dejarle el cuidado de formular él mismo la última palabra de nuestra sabiduría.
¿Y vosotros, escritores, cuáles son vuestros mandamientos? 

SEPTIEMBRE…DE NUEVOS PROYECTOS

Como comentaba en entradas anteriores, muy próximamente podremos resolver el misterio de la desaparición de Luisa pero… aún habrá que esperar un poquito. 

       Debido a una serie de acontecResultado de imagen de escritoraimientos sobrevenidos, continuaré haciendo una pausa en la publicación de los capítulos de Cartas para Juan. Será solo temporal, ¡Tranquilos! El final está escrito y muy pronto aparecerá ante vuestros ojos. 

      Como la finalidad de todo blog, y lo que nos gusta a los bloggeros, es escribir y contar cosas, abriré una nueva sección en las páginas de RESUELVE EL MISTERIO. 

      Muchos de vosotros me habéis pedido por redes sociales, especialmente en Twitter, algún consejo sobre la escritura o sobre cómo gestionar los blogs, así que he decido compartir algunas pautas o artículos que puedan ser de ayuda para los escritores internáuticos como vosotros y como yo.

      Espero que lo disfrutéis y que esperéis con paciencia el final de Cartas para Juan porque… El misterio continúa!!!

CAPÍTULO 30

El inspector, concentrado como estaba en la tabla de madera que parecía esconder algo importante, no oyó los pasos que se acercaban por el pasillo y, cuando sus ojos quedaron momentáneamente deslumbrados por una luz cegadora, el primer pensamiento que pasó por su mente fue que el propio Juan Villanueva le había descubierto con las manos en la masa. Cuál sería su sorpresa al escuchar la voz de una mujer.

— ¿Qué hace usted aquí inspector? — Con el aire de superioridad que la caracterizaba, Cecilia Villanueva se hallaba de pie, justo delante de él sosteniendo una lámpara de aceite en su mano izquierda. — ¿No se da cuenta que podría pedir a sus propios compañeros que le arrestaran de inmediato por allanamiento de morada?

En hombre se levantó lentamente y la miró a los ojos. — Señorita — le dijo — Podría yo hacerle la misma pregunta o ¿Acaso saben su padre y su hermano que visita sus despachos a estas horas de la madrugada?

—Esta es la empresa de mi familia. Tengo derecho a estar aquí.

—Derecho sí, pero permiso, permítame que lo ponga en duda.

La chica frunció el ceño — No ha respondido a mi pregunta ¿Qué hace aquí?

—Intento averiguar qué pasó con Luisa Suárez. Eso es todo.

— ¿En el despacho de mi hermano?

— Su hermano no está diciendo toda la verdad. Oculta algo y tengo que saber qué es. — Mientras hablaba, el inspector se preguntaba cómo, en presencia de la chica, iba a descubrir qué habría debajo de aquellos tablones de madera. Tenía que ingeniárselas de alguna forma puesto que volver una segunda noche sería demasiado arriesgado por su parte.

—Lo sé — dijo Cecilia ante la sorpresa del hombre —. Estos días está muy raro. Está nervioso e insoportable. A veces temo que decida tirarse él mismo por el precipicio al igual que su buena amiga — pronunció éstas últimas palabras con retintín. — Trama algo y no sé qué es. Temo por la empresa de mi familia y por eso estoy aquí.

Sorprendido por la sinceridad de la joven el hombre no supo si aquello sería un golpe de suerte o una trampa pero sea como fuere tenía que aprovechar la oportunidad, tal vez aquella noche pudiera llegar a ser mucho más productiva de lo que hubiera esperado.

— ¿Y qué está buscando exactamente?

— No estoy muy segura. Solo sé que Juan es muy metódico. Siempre apunta todo lo que hace o los planes que tiene. Ha de tener algún tipo de libro o agenda en la que revele cuáles son sus pensamientos o, lo que es más importante, cuáles serán sus próximos movimientos. He rebuscado en su cuarto esta tarde y allí no había nada. — Se quedó pensativa y de pronto preguntó — ¿Qué hacía usted en el suelo?

—Hay una tabla suelta — decidió arriesgarse —, creo que puede haber algo escondido justo debajo.

— ¿Y qué sugiere que es?

— Creo que Luisa escribió una segunda novela. Y quién se deshizo de ella estaba muy interesado, o bien en que no saliera a la luz para que no le perjudicase o bien en sacarla a la venta para poder ganar mucho dinero.

—Ambas teorías podrían relacionar a mi familia con la tragedia — respondió en tono gélido. —Creo recordar que ya le he dejado claro en una ocasión que deje de vincular sus investigaciones con los míos.

—Y yo creo recordar que usted me prometió una colaboración de la que aún no he tenido noticia. Me va a resultar muy difícil no relacionar a sus parientes o a usted misma con el caso teniendo en cuenta que la novela de la joven trata expresamente sobre ustedes. ¡Es la historia de cómo se fundó su empresa! ¡Todo el mundo lo sabe!

—Se cree muy listo, inspector. Con tantos años de profesión y sus… digamos, poco ortodoxos métodos, piensa que está por encima de los demás ¿Me equivoco? — El hombre intentó disimular una mueca de asombro —Me he informado bien. — Sonrió —Permítame que le aclare las ideas, viendo que ha hecho sus deberes y ha leído el libro. Nadie, repito, absolutamente nadie a parte de los miembros de mi familia saben los verdaderos entresijos de nuestra compañía. Es posible que Juan le contase algo a Luisa. La historia superficial, la que todo el mundo sabe: que mi abuelo en paz descanse, fue un hombre carente de preparación académica pero con un olfato innato para los negocios. Metales Villanueva fue su obra maestra y la culminación del sueño de su vida. Su proyecto empresarial que antes de la guerra llegó a contar con más de trescientos obreros, colocó a nuestra región en la vanguardia europea de los productos galvanizados en tiempos de bonanza. Los negocios que hizo, o dejó de hacer, con su socio no son competencia del pueblo.

—  ¡Así que es cierto! — exclamó — En la novela, aunque la metalúrgica la funda el personaje de Fernando, aparece un segundo hombre que comprará la mayoría de las acciones de la empresa y que, misteriosamente, muere hacía el final de la historia.

La chica se mordió el labio. — No se crea todo lo que lee.

— ¿Quién era ese hombre?

— Nadie que tenga que ver con la desaparición de Luisa. ¿Por qué no la investiga a ella, inspector? Por qué no indaga en su pasado, en su familia, en su prometido. La chica tenía muchos problemas ¿sabe? El libro era el menor de ellos.

—No estoy tan seguro de eso ¿Qué opinó su familia de la publicación?

—Entenderá que a mi padre no le hizo ninguna gracia. Obviamente las similitudes con nuestra empresa son grandes, pero nadie sabe, ni sabrá, a ciencia cierta qué es real o no, pues de eso trata la literatura. Algunos lo llaman engaño otros, ficción. Hay quien dice que grandes crímenes se encuentran escondidos detrás de grandes obras de arte pero sin pruebas, solo queda la duda. Recuerde que mis tíos financiaron el proyecto. No lo hubieran hecho si pudiera resultar perjudicial para sus cuñados y sobrinos. ¿Le parece bien esa explicación?

—Sólo por el momento. ¿Qué puede contarme de los problemas de Luisa? ¿Eran ustedes amigas?

—Esa es una historia algo más larga de contar.

 

—Tenemos tiempo — Era noche cerrada y aún quedaban unas cuantas horas para ver salir el sol. La chica suspiró y comenzó a hablar.

CAPITULO 29

Los pasillos del enorme edificio de Metales Villanueva, bulliciosos con la claridad del día, presentaban un aspecto fantasmagórico iluminados por la luz de la luna. Sólo las antiguas fotografías colgadas en las paredes eran testigo de que alguien merodeaba sigilosamente por el corredor. Se deslizaba como una sombra ágil y silenciosa.

El inspector Sierra había logrado eludir la vigilancia y se había colado en las inmediaciones de la compañía. No había sido tarea fácil. Por un momento se recordó a sí mismo caminando entre las trincheras, aprovechando la oscuridad para burlar a la línea enemiga. Sacudió la cabeza para apartar aquellos recuerdos de su mente. No estaba en una guerra, se dijo a sí mismo, aunque lo que estaba haciendo no era legal y lo sabía. Siguió caminando.

Aquel día en comisaría las investigaciones habían vuelto a ser infructuosas. Se encontraban en un callejón sin salida. No tenían cuerpo ni pistas, tampoco orden de registro, por lo que, finalizada la tarde, el inspector decidió dar un paseo por los alrededores de la empresa de la familia de magnates. No tuvo que dar muchas vueltas para encontrar una pequeña puerta sin vigilancia. Parecía oculta por una pila de cajas y, aunque en aquel momento estaba franqueada por obreros que aún no habían terminado su jornada laboral, tal vez por la noche nadie se ocuparía de ella. Sabía que tanto las entradas principales como el apartadero de ferrocarril y la gran flota de camiones de gran tonelaje permanecían siempre custodiadas por motivos de seguridad pero, debido a la reducción de personal de los últimos años, probablemente las puertas de las oficinas solo estuvieran cerradas con llave. Sea como fuere, tenía que intentar entrar.

Esa noche cenó con Marieta y sus hijos haciendo un esfuerzo por tragarse la comida y aparentar normalidad. Escuchó las anécdotas de Sara intentando regatear en un mercado en el que casi no había existencias que comprar y cómo Carlos aceptaba con una mezcla de orgullo y resignación su eminente reclutamiento para el servicio militar. En cualquier otro momento, Sierra se hubiera mostrado muy interesado por la conversación con su familia pero, sentando a la mesa, no podía apartar su vista del reloj, cuyas manillas parecía no querer moverse.

Cuando toda la familia, por fin se hubo quedado dormida, se levantó de la cama y, poniéndose unos pantalones encima del pijama y una gabardina, abrió la puerta de su dormitorio.

—Será mejor que lleves una bufanda. Las noches de invierno son traicioneras. — Oyó la voz de su mujer. Él giró la cabeza sorprendido y la vio incorporada sobre la cama. —Haz lo que tengas que hacer para resolver este caso, pero vuelve sano y salvo a casa. —Le dijo antes de cerrar los ojos otra vez.

Con el corazón en un puño a sabiendas del riesgo que estaba tomando y del peligro que podía correr su familia si el fracasaba, abandonó su hogar.  Como un gato recorrió las solitarias calles de la villa y llegó a la portilla que había avistado unas horas antes. No había nadie alrededor.

Sacó una ganzúa de su bolsillo derecho y, unos minutos de trabajo más tarde, la puerta se abría ante él. Utilizó unas cerillas para alumbrarse hasta que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad. Aquel debía de ser el cuarto de las escobas, los uniformes y demás utensilios que colgaban sucios y desordenados de unos ganchos en las paredes. Al fondo de la pequeña estancia vio una escalera que daba a otra puerta. Giró la manilla con suavidad y esta se abrió lentamente. Fue a dar a la parte de la empresa que ya conocía gracias a su visita a Juan Villanueva hacía unos días. El corredor lleno de puertas que daban a los distintos despachos tenía un suelo de color verde que no se podía apreciar a aquellas horas. Las paredes estaban decoradas con cientos de fotos que parecían tomadas en los primeros años de su fundación. Le hubiera gustado pararse a observarlas con detenimiento pero aquel no era un viaje de placer. Miró los letreros de las puertas uno a uno hasta dar con el del joven empresario.

Utilizando de nuevo su alambre, se abrió paso hacia la estancia y cerró tras de sí.

No había tiempo que perder. Todo estaba aparentemente ordenado. Los papeles se amontonaban cuidadosamente encima de la mesa de roble que presidía la dependencia y no parecía haber en ellos nada que fuera del interés del inspector. Abrió el primer cajón del escritorio y lo primero que encontró fue el libro de la joven. Lo tomó en sus manos y un papel cayó en el suelo. Lo recogió apresuradamente y pudo reconocer en él la caligrafía de la chica.

«Querido Juan.

Las segundas partes son las buenas. No lo olvides.

Tuya:

L.S»

Aquella nota parecía reciente. Levantó la pequeña hoja para contemplarla a la luz de la luna y así comprobar que no estaba tan arrugada ni desgastada como las que él guardaba en comisaría. Si aquello no era ningún truco, entonces estaría en lo cierto y Luisa, antes de desaparecer, habría escrito una segunda parte de su obra, lo cual podría confirmar algunas de sus teorías, como por ejemplo que sus supuestos desinteresados mecenas se provechasen de la muerte de su protegida. Ahora la cuestión era ¿Dónde podría estar el manuscrito? Si se lo hubiera dejado a Juan, lo más probable sería encontrarlo en su casa o en aquel despacho. Miró a su alrededor en busca de alguna caja fuerte y, a falta de una, lo que vio fue un gran cuadro. Se acercó a él y lo movió ligeramente para comprobar que detrás se encontraba un portón blindando. Negó con la cabeza. El chico no sería tan tonto. Una caja fuerte sería el primer lugar en el que alguien buscaría. Se dirigió de nuevo hacia la mesa y, en medio del silencio sintió un crujido.

«Bingo»

Se agachó y apartó la alfombra que cubría el suelo de madera. Palpó todas las tablas de alrededor con suavidad hasta averiguar de dónde provenía aquel casi imperceptible chasquido. Una de ellas estaba suelta. Estaba a punto de levantarla con las uñas de los dedos cuando de repente una luz le cegó.

 

— ¿Quién anda ahí?

CAPITULO 28

— ¿Juez Noriega? Soy el Inspector Sierra — dijo el hombre presentándose en el despacho del anciano juez y estrechándole la mano — .Gracias por recibirme a estas horas de la noche.

—Deduzco que ha de tratarse de algo de suma importancia.

—Así es. Como le expliqué brevemente por teléfono, vengo a pedirle una orden de registro para Juan Villanueva.

El hombre se quitó las gafas y dejándolas encima de la mesa pasó los dedos por sus cejas de forma pausada. — ¿Usted sabe de lo que está hablando? No puedo darle esa orden así como así. La familia de esos magnates hace que nuestra villa siga de una pieza y se recupere poco a poco después de la guerra.

—Pero…

—Pero pueden pasar dos cosas, inspector. Que la familia Villanueva se sienta sumamente ofendida por la realización de un registro en las instalaciones de su compañía y en su residencia privada y por lo tanto y, por culpa de la humillación, decida trasladarse a otro lugar, o bien que usted no encuentre nada sospechosos y yo sea destituido de mi cargo por incompetencia.

— ¿Y si encontramos algo? — Le interrumpió.

—En cualquier caso, malo para Villanueva y malo para nosotros ¿No se da cuenta? Especialmente para usted. No sólo su carrera se vería gravemente perjudicada si no que levantaría el odio de los ciudadanos si muerde la mano que les da de comer.

—Señor Noriega, apelo a su sentido de la justicia ¡Una joven ha desaparecido! Probablemente esté muerta.

— ¿Tienen su cuerpo?

—No…

— ¿Alguna prueba irrefutable?

—Tenemos un zapato.

— Un zapato que podría ser de cualquier señorita descuidada, mientras que su supuesta víctima podría, simplemente, haberse fugado simulando su muerte.

— ¿Por qué habría de hacer eso? — protestó —  He visto el desconsuelo de su familia.

—Corren tiempos oscuros, inspector. Acabamos de salir de una guerra, el país aún está resentido y muchas personas continúan desapareciendo cada día.

El policía suspiró — Veo que no voy a conseguir nada de esta visita, ¿Verdad?

—Tráigame algo mejor que ese zapato y prometo pensarme lo del registro. Eso es todo.

El inspector Sierra llegó a casa con la moral por los suelos. Llevaba casi una semana trabajando en el caso y no tenía nada más que un zapato negro que, ciertamente podría pertenecer a cualquier chica. Sentado en su desgastado sofá del salón, casi no se percató cuando Marieta apareció a su lado. La miró con tristeza.

—Creo que estoy perdiendo facultades.

Ella le cogió la mano y sonrió. — Siempre dices lo mismo. Cada vez que una investigación se complica, justo en el ecuador, afirmas que ya no puedes más o que no vas a ser capaz de resolverlo.

— ¡Eso no es cierto!

La mujer arqueó las cejas antes de soltar una carcajada. — ¿Recuerdas cuando quisiste abandonar el caso del asesinato de aquellos niños? ¿Y el robo de aquellas joyas a las que parecía habérselas tragado la tierra? ¡Los resolviste!

—Supongo que tuve suerte —Suspiró pensativo.

—Utilizaste tu instinto o ese don natural que tienes o que se yo… La conclusión es que esta vez será igual. Estoy segura. Hoy necesitas descansar y mañana lo verás todo con otros ojos.

Aquella noche no pudo dormir. Al contrario de lo que opinaba su mujer, él no tenía un don. Tal vez algo de intuición, pero no más. Si había resuelto aquellos casos en el pasado, gracias a los que había logrado considerables ascensos, fue debido a la utilización métodos poco ortodoxos. No estaba orgulloso, pero él creía en la justicia. Creía que cada cual debe pagar por sus pecados y, basándose en este principio, se había llegado a convencer de que el fin justifica los medios. Marieta no le conocía bien, sonrió en la oscuridad con amargura. Es verdad que era afable y paciente con las víctimas y siempre intentaba utilizar el razonamiento y la relación de hechos para esclarecer las complejas situaciones que en ocasiones se le presentaban pero, cuando todo esto fallaba optaba por saltarse leyes y procedimientos y tomarse la justica por su mano. “Un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer” y así, a base de violencia y sobornos indagaba en la vida de sus sospechosos. Ninguno le delataría jamás pues todos temen no solo por su vida, sino por la seguridad de sus familias.

Su astucia y sangre fría, fue lo que le ayudó a sobrevivir en la guerra y también pensó, lo que le ayudaría a resolver el entuerto de Luisa Suárez.

CAPITULO 27

— ¿Pero no lo ves, Gonzalo? —Vociferaba el inspector en comisaría aquella tarde.

— Lo veo, señor. Veo el libro porque lleva usted gesticulando con él en la mano durante los últimos veinte minutos. Pero no comparto su opinión.

—Esta novela cuanta la historia de cómo se creó Metales Villanueva con todo lujo de detalles.

—Pero no pone nombres.

—Pero hombre, por Dios — suspiró secándose el sudor de la frente — ¡Utiliza pseudónimos! He pasado la mañana buscando a personas de la generación de Fernando Villanueva I y, a pesar de que la búsqueda ha sido muy infructuosa dado que el hombre ahora tendría casi cien años y prácticamente ningún anciano tan longevo ha sobrevivido a la guerra, los hijos sí que recordaban el relato contado por sus padres: la historia de cómo se fundó el gran imperio que hizo resurgir a nuestra Villa.

—Pero lo que no entiendo es, si todo el mundo conocía ya esa narración ¿Qué es lo que la ha hecho tan famosa?

—El pueblo conoce la parte romántica: El hombre que persigue su sueño y lucha contra viento y marea en busca de un futuro mejor para los suyos. Pero lo que era ignorado hasta ahora son las frivolidades y los negocios sucios que Fernando Villanueva, padre e hijo, se han traído entre manos durante todos estos años y que esta joven escritora ha gritado a los cuatro vientos.

—Pero señor, según las cartas que Luisa le enviaba a Juan Villanueva podemos determinar que les unía una gran amistad. Es posible que el chico le hablara de su familia y ella, con su imaginación de escritora, se inventase lo demás. Por eso el rechazo que su padre sentía hacia ella, porque aunque la historia no era la misma, las personas de los alrededores podrían pensar lo contrario. Y lo que es peor, sus socios, sus competidores, sus acreedores… Esa novela podría caer en sus manos y, de hecho, seguramente lo hizo sembrando lo peor para un carismático hombre de negocios: la desconfianza.

— Una tesis muy elaborada, Gonzalo. Y bien pensado, pero se de lo que hablo — respondió descolgando el teléfono.

— ¿Qué hace? —preguntó el joven alarmado.

—Llamo al juez. Voy a pedirle una orden de registro.

— ¿Para la compañía? ¡Eso es de locos! Ni siquiera tenemos agentes suficientes para registrar la empresa entera. Podríamos tardar meses, eso por no hablar de las penosas consecuencias que podría traer si no encontrásemos nada.

—Tranquilo chico —Dijo levantando el auricular y haciendo girar la rueda del teléfono —, la orden será solo para el despacho de Juan y, con un poco de suerte también para sus habitaciones personales en su lugar de residencia privada.

—Creo que no le interesaría tener a Juan Villanueva en su contra, señor — replicó con mucha seriedad.

El inspector miró gélidamente a su subordinado —Creo, Gonzalo, que a quién no le interesa tener a la policía en su contra es a él. Dime una cosa, ¿Has leído el libro?

—Hace tiempo. Antes de este trágico suceso un compañero me lo prestó pero lo he revisado estos días por su pudiéramos obtener alguna pista.

— ¿Y no hay nada que te haya llamado especialmente la atención?

—Bueno… conociendo ahora la extraña amistad que unía a los dos jóvenes, he llegado a la conclusión de que tal vez ella utilizó la literatura como vía de escape. Quiero decir, en la novela también hay una historia de amor imposible y, si bien Luisa y Juan no han podido estar juntos en la realidad, pasarán a la historia como una pareja de amantes literarios. Al fin y al cabo, esa es una de las funciones de la literatura ¿No? La de hacer posible lo imposible.

—Muy bonito ¿Pero no te sorprende que al final la chica protagonista muere?

—No me ha parecido un factor especialmente relevante, dado que en todas las historias de misterios y corrupción siempre hay alguien que paga el pato — se encogió de hombros.

El hombre negó con la cabeza — Josefina, el personaje estrella de la novela, termina su vida precipitándose por un barranco. Y ¿Recuerdas qué fue lo que quedó de ella?

 

—Solo un zapato.

CAPITULO 26

Sentado en su cama, con la tenue luz de una lamparita y la tranquila respiración de Marieta tumbada a su lado solamente interrumpida por algún pequeño ronquido, el inspector Sierra contemplaba la portada de la novela de Luisa Suárez con intención de comenzar a leerla aquella misma noche. Había pasado los dos últimos días revisando a conciencia las cartas a Juan y aún no había tenido tiempo de ponerse con el pequeño tomo que tanta polémica había levantado.

Lo había comprado aquella misma mañana en una librería que había vuelto abrir después de los estragos de la guerra. La única que había sobrevivido en la villa.

—Escondimos todos los libros — le contaba el librero. — No dejamos más que los artículos de papelería imprescindibles para ir sobreviviendo hasta que no tuvimos más remedio que cerrar, porque nadie tenía dinero para comprar ni siquiera tinta y un plumín.

— ¿Qué hicieron con ellos?

— Los guardamos en cajas y los fuimos trasladando poco a poco al sótano que mi suegra tiene en su casa del pueblo. Sabe Dios que de dejarlos aquí, los hubiesen quemado.

El inspector había movido negativamente la cabeza suspirando. Cuántas historias dejaba a su paso la guerra, ninguna buena. — Estoy buscando el libro de Luisa Suárez  — dijo cambiando de tema, dándose cuenta por primera vez, que no sabía el título.

El hombre no pareció sorprendido —Ha sido lo más vendido en las últimas semanas. Pobre chica, que desgracia.

— ¿La conocía?

— Claro, desde hace años. Siendo jovencita venía a ojear los libros. Siempre pasaba un buen rato leyendo el resumen de los argumentos de unas novelas que no podía permitirse comprar. En alguna ocasión le presté alguno «Será nuestro secreto» le decía a la pequeña, cuya ansia de conocimientos superaba a la de muchos intelectuales. Ella siempre me los devolvía puntualmente y, no paraba de repetirme que algún día me lo compensaría.

— ¿Cuándo la vio por última vez?

— Poco antes de su desaparición. Vino a preguntarme cómo me iba el negocio. Nunca dejó de visitar mi tienda ¿Sabe? Y en cuanto empezó a ganar su propio dinero, compraba libros a menudo, además de material para escribir. No sé hasta qué punto lo hacía porque lo necesitase o como agradecimiento a la secreta amistad que durante años compartimos, pues sabe que mi hijo está enfermo y esta tienda es el único sustento que tenemos. — El hombre pareció emocionarse durante un instante y, de repente, frunció el ceño.

— ¿Sucede algo?

—«Todo mejorará». Fue lo que me dijo la última vez que la vi. «Conseguiré que sus ventas aumenten» afirmó. « ¿Cómo lo harás, chiquilla mía? – le respondí – La mayoría de la gente aún es pobre y muchos mendigan para comer». «Nadie se resiste a un buen misterio» Respondió guiñándome un ojo. Y, con las mismas, salió por la puerta y no la he vuelto a ver.

El inspector se sorprendió ante aquella última información ¿Tal vez Luisa conociera su destino? ¿Se habría planteado ser una autora mártir para que aumentasen sus ventas? Pero, ¿Con qué fin?

Miró la portada del libro que tenía en sus manos: «Sueños y cenizas» llevaba por título con letras grandes y doradas. Un buen nombre pensó, agresivo y esperanzador al mismo tiempo. Oportuno para aquellos tiempos de malestar social y fuerte represión. No le extrañó el éxito anterior a la desaparición de su autora. Si él hubiera sido un asiduo a la lectura, probablemente, también lo hubiera comprado.

Abrió el ejemplar y se sorprendió de que no hubiese ninguna dedicatoria, pues normalmente los escritores dedican sus obras a los seres allegados. Pasó las primeras hojas en blanco hasta dar con un prólogo que rezaba así:

«Una vez un joven tuvo un sueño. Se vislumbraba rey entre altas torres, soldado en armadura de metal y herrero forjador de destinos. Despertó empapado en sudor con la certeza de quien  se  sabe  conocedor de su suerte y, al amanecer, abandonó todo en pos de una ilusión.

El camino no fue fácil, desde luego. No faltó quien le tomara por loco, quien burlara sus esperanzas, quien deseara verle caer, pero él, sin agachar un solo instante la mirada, siguió su instinto y terminó por construir lo que se convertiría en un imperio amado y odiado a partes iguales.

Esta es la historia de su creación. La historia de un hombre y su familia y, sobretodo, un relato lleno de misterio y superación que demostrará que hasta las estructuras más sólidas quiebran y que, a veces, nuestro peor enemigo se encuentra, invisible, justo delante de nosotros»

 

Al amanecer, el inspector Sierra terminó el libro y suspiró. Justo antes de quedarse profundamente dormido un pensamiento cruzó su mente cómo un rayo: ahí estaba la prueba definitiva, unas pinceladas más y habría resuelto el misterio… o casi.