CAPITULO 1

Escuchó un silbido y después, silencio. Un silencio denso y cargado de terror. Miró a su compañero de trinchera justo a tiempo para indicarle que se tapara los oídos. A continuación, una explosión. Por la intensidad del sonido, calculó que la bomba debía de haber caído a un par de kilómetros de la base. Pensó en su mujer e hijos, probablemente refugiados en el sótano de su pequeña casa. Se los imaginó solos e indefensos y un dolor tan grande atravesó su pecho que sintió ganas de matar con sus propias manos a aquel que había empezado esa maldita guerra.

Otro silbido y de nuevo miedo. Un miedo que cual relámpago recorrió su columna vertebral haciéndole casi convulsionar. Lo había oído demasiado cerca y, antes de que tuviera tiempo para hacer cálculos, sintió cómo algo caía a su lado haciéndole saltar por los aires, desmembrando su cuerpo como si de un puzle se tratase, sacudiéndole en medio de la oscuridad. Escuchó la voz de Marieta en su oído, tan dulce y suave como la recordaba. Por lo visto Dios había sido misericordioso con él y había decidido no mandarle al infierno por todos los hombres a los que había tenido que matar.

Sintió cierta presión en el brazo derecho y de nuevo la voz de su mujer: «Despierta…» Logró abrir un ojo y después el otro creyendo distinguir sus enormes iris verdes en la penumbra de la habitación. Alzó una mano, sorprendido de que aún continuara anexionada a su cuerpo y le acarició la mejilla son suavidad, tranquilizado por su tacto.

—Solo ha sido un mal sueño —  la oyó susurrar. Suspiró aliviado al sentirse alejado del campo de batalla. Los recuerdos aún eran tan nítidos, tan reales, que se colaban en sus pesadillas casi cada noche. — Tienes que levantarte, Gonzalo está aquí.

— ¿Qué hora es? — preguntó volviendo lentamente a la realidad.

—Las cuatro y media de la madrugada. Debe de haber sucedido algo grave.

Se sentó en el borde de la cama con torpeza, apoyando su pierna de madera en el frío suelo de la habitación. Al contemplarla, casi pudo volver a oír el sonido de la explosión. Sacudió la cabeza para alejar aquellos pensamientos y sintió como Marieta le abrazaba. Ella, con su voz, paliaba su dolor y aliviaba las heridas que se habían anclado en el fondo de su alma desde hacía casi diez años, desde aquel diecisiete de julio, el día en el que la muerte había aparecido en el país arrebatando sueños y esperanzas, dejando a muchos hombres sin vida y a muchos vivos sin alma.

—Algún día las pesadillas desaparecerán. Tal vez solo sea cuestión de tiempo.

Él suspiró — Dudo que logre redimirme por todas las vidas que he sesgado ¿Por qué iba Dios a perdonarme cuando ni siquiera soy capaz de mirarme al espejo y reconocer a la persona que un día fui?

Marieta le miró con tristeza y acarició sus brazos con el dorso de la mano. Rezaba con fe y confianza en la clemencia del Todopoderoso, que les observaba desde lo alto de una cruz colgada en las desnudas paredes de aquel cuarto.

Levantándose de la cama y ayudado por su mujer, se vistió la ropa de trabajo no sin cierta dificultad: un traje negro sobrio, con corbata anudada con esmero y una gabardina ya ajada por los años para protegerse de las noches heladas del invierno. Recogió su identificación como inspector de policía que descansaba bajo la pequeña lámpara de la mesita, la misma que le había acompañado durante los últimos veinte años y que le recordaba a tiempos felices de juventud en los que discernir el bien del mal le resultaba tan sencillo como subir escaleras con agilidad. En la actualidad ambas situaciones le parecían ya lejanas. Su indispensable bastón le esperaba arrimado a una silla en la que también había dejado su sombrero. Asiendo ambos, se despidió de su mujer con un beso.

Ésta le observó marchar por la puerta del domicilio preguntándose, una vez más, si su marido regresaría sano y salvo para la cena. Sabía que tenía enemigos, sabía que la muerte le acechaba. La guerra no había terminado para ella.

—Buenos días inspector Sierra. — Gonzalo, su subordinado, le esperaba con su uniforme impoluto y rostro y mente inquietos y despejados, incluso con ese aire de emoción y aventura propio de la juventud. Le recordó a sí mismo años atrás y sonrió para sí. El joven se encontraba acompañado del sereno, un hombre de mediana estatura ataviado con gorra de plato y bata gris. Sostenía su inseparable chuzo, arma de asta, y un farol y sobre su pecho relucía un silbato color bronce. Una ganzúa con decenas de llaves colgaba de su cinturón y, a juzgar por su semblante cierto cansado y somnoliento, su ronda debía de estar al finalizar.

—Buenos días Gonzalo. Manolo —. Respondió haciendo una inclinación de cabeza a los dos hombres. — ¿Qué les trae por aquí a estas horas?

—Han encontrado muerta a una chica — dijo el primero sin más rodeos —. Me hallaba haciendo guardia en comisaría cuando uno de los hombres que la encontró vino a comunicar la noticia.

—Lo curioso son las extrañas circunstancias — añadió el sereno — Por lo visto su cadáver apareció flotando a la deriva, fueron unos marineros los que lo vieron. Entre ellos estaba su padre, fíjese usted qué desgracia.

Sierra asintió con gravedad pensando en la penosa tarea que les esperaba aquel día —Tendremos que ir a interrogar a su familia — resolvió. — Usted nos acompañará hasta el domicilio ¿Verdad, Manolo?

—Por supuesto — respondió el hombre con un marcado acento del norte. — La casa no se encuentra lejos de aquí, les abriré la puerta.

Los tres hombres caminaron por las calles prácticamente desiertas de la villa. Hacía seis años que la guerra había terminado, pero allá donde uno dirigiera su mirada, podía ver las secuelas de aquel periodo de devastación. Aún quedaban edificios reventados por bombas o calcinados por el fuego, restos de lo que habían sido parques y avenidas descansaban a la espera de ser reparados y vivir épocas mejores.

A esas horas de la madrugada, algunos pequeños comerciantes comenzaban a abrir su negocio: panaderos, que elaboraban la masa con la escasa materia prima de la que disponían, artesanos y empresarios textiles que confeccionaban sus productos para intentar venderlos a lo largo del día a aquellos que pudieran permitírselo.

Para la mayoría de la población, el discurrir de su vida venía marcado por la penuria, la escasez y la miseria, e incluso el miedo a la libre exposición de sus ideas. Los españoles continuaban con sus vidas intentando hacerse un hueco en aquel país que soñaba con volver a renacer.

El sereno abrió la puerta de la modesta casa donde vivía la familia de la joven fallecida y se despidió deseándoles suerte en su cometido. El edificio de ladrillo rojo y dos plantas estaba situado en pleno corazón del barrio de pescadores de la pequeña villa industrial. La voz de la tragedia había corrido como la pólvora y algunas miradas curiosas se escondían tras las cortinas de las casas colindantes. Sierra observó cómo Gonzalo tragaba saliva, los marineros eran gente humilde pero dura como el acero y curtidos en mil batallas contra el mar. No serían huesos fáciles de roer en la investigación.

La destrozada familia les esperaba.

 

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10 thoughts on “CAPITULO 1

  1. ¡Qué interesante! Y está muy bien redactado, con los datos justos para no saturar al lector, sino para engancharlo totalmente. Qué ganas de seguir leyendo, estoy segura de que algo gordo se esconde tras la desaparición de Luisa.
    ¡¡Enhorabuena!!

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  2. Me gusta mucho como empiexa la historia porque te situa de manera que parrce que tu estas alli viendolo todo Estoy intrigada deseando saber que sucede en el próximo capítulo Acaba de empezar y ya me ha enganchado Promete

    Le gusta a 1 persona

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