CAPÍTULO 2

—Gracias por venir a estas horas inspector Sierra — Le recibió una mujer nada más cruzar el umbral del pequeño piso. Se trataba de la matriarca de la familia. Le calculó unos cuarenta años, vestía una blusa blanca de manga larga y una falda negra y zapatos sin tacón, cubría sus hombros con una gruesa toquilla de lana gris y escondía un arrugado pañuelo en el puño derecho. Sus ojeras delataban una noche en vela y los ojos hinchados un llanto contenido a duras penas. No era necesario ser muy perspicaz para comprender su desconsuelo. Mesaba su abundante y negro cabello con nerviosismo, el paso de los años y las penurias no habían conseguido menguar su belleza y se intuía en sus ojos una fuerza propia de las mujeres que saben que no hay límites cuando se trata de proteger a los suyos. — ¿Puedo ofrecerles algo de beber?

El hombre negó con la cabeza, apenado. No importaban los años que llevase como policía o las desdichas vividas en el campo de batalla, jamás podría acostumbrarse y resultar impasible ante aquellas escenas de amargura. Una lágrima amenazaba con surcar  el rostro de la mujer, de nombre Mercedes, quien se esforzaba por mantener la compostura a toda costa. Su marido se encontraba sentado en un sillón al fondo de la estancia. Ni siquiera se había despojado de las vestiduras de faenar, solo las mojadas botas yacían en un rincón.  Lloraba tapándose la cara con las manos, solo se oían en la habitación sus hipidos mientras su otra hija, también desolada, le daba palmaditas en el hombro.

—Mi marido fue quien la encontró — explicó Mercedes —. Es pescador. Les relatará lo ocurrido en cuanto logre calmarse un poco. Ha sido muy duro para todos, pero él se ha llevado la peor parte. — El inspector asintió con comprensión y pidió permiso, mas por cortesía que por obligación, para visitar el cuarto de la desaparecida mientras su padre se sobreponía.

Abrieron con solemnidad la puerta de la habitación de la joven. No encontraron nada extraño en aquella diminuta estancia, cuyo mobiliario se reducía a una cama, una mesa y un armario. Todo estaba tal cual ella lo había dejado Quizá un poco más ordenado que de costumbre. Probablemente se atribuyera a que, según Mercedes, los lunes solía ser día de limpieza en aquella casa. Cientos de libros y papeles se apilaban ordenadamente en la mesa y en montones repartidos por el suelo. Había manchas de tinta recientes sobre el pequeño escritorio. En el desgastado armario todos los vestidos estaban cuidadosamente colgados y nada parecía indicar que aquella chica no volvería nunca. El sol del amanecer entraba por la ventana de la habitación iluminando la escena  donde los dos hombres buscaban alguna prueba, alguna pista, algo que les indicase si estaban ante un verdadero crimen o un desgraciado accidente.

Luisa, ese era nombre de la desaparecida, era una chica joven y alegre, muy querida en los alrededores. Había comenzado a trabajar recientemente como ayudante en la escuela y compaginaba su tarea con su reciente y novedosa carrera como escritora, pues hacía poco más de un año que su primer libro había sido publicado. Aquello último sorprendió al hombre. No muchas mujeres tenían la iniciativa y mucho menos el valor de iniciar proyectos laborales en solitario sobre todo si no contaban con el respaldo de un marido y Luisa no estaba casada. Estaba claro que aquella chica no era común.

—No encuentro nada anormal en su cuarto — dijo después de hacer un análisis exhaustivo a la estancia. Meditó sobre estas últimas palabras pensando que ya de por sí era bastante extraño que la habitación de una chica de aquella época estuviera tan llena de libros y escritos, pero no lo comentó.

—Nuestra hija no es, no era — se corrigió Mercedes con amargura — como las demás jovencitas, como puede observar. Ella tenía otras… inquietudes — suspiró.

— ¿Echan algo en falta?

—En absoluto, todo está igual que siempre, tal cual ella lo dejó antes de salir de casa ayer por la tarde. — Gonzalo le acercó un retrato de la joven. Guardaba un gran parecido a su madre.

— ¿Habían tenido algún tipo de discusión antes de que Luisa abandonara ayer la casa? — preguntó Sierra volviendo al salón y observando que el padre parecía algo más sosegado.

— No, ninguna. Era muy feliz aquí — respondió el pescador intentando contener un sollozo —. No entiendo qué ha podido suceder.

El inspector suspiró — ¿Cree que se siente con fuerzas para contarnos qué fue lo que usted vio?

José, que así se llamaba, se sonó la nariz y comenzó su relato: — Mis compañeros y yo habíamos salido en nuestro pesquero, como cada atardecer a echar las redes, cuando vimos que algo flotaba a unos cuantos metros del barco. Al principio pensamos que sería algún tipo de pez perdido y muerto. Esas cosas a veces ocurren. — Tomó aire antes de continuar — Hasta que uno de mis compañeros aseguró que se trataba de un cuerpo humano.

— ¿Intentaron rescatarlo?

— Por supuesto. Hicimos todo lo posible — respondió el cabeza de familia — Pero la mar estaba demasiado revuelta y el oleaje no hacía más que alejar el cadáver de nuestra embarcación. Lanzamos las redes en varias ocasiones pero fue en vano. Contábamos con un par de buenos nadadores…

— Pero era demasiado arriesgado dadas las circunstancias — continuó el inspector Sierra —. Lo comprendo —. Observó cómo Mercedes abrazaba a su esposo, destrozado por haber sido testigo del duro final de su joven hija, y acariciaba sus finos cabellos plateados. — ¿Cómo reconoció a su primogénita?

— Solamente porque llevaba aquel vestido de lunares que tanto le gustaba — miró a su esposa con gravedad —, era de color azul fuerte y, aunque era noche cerrada y las luces de nuestro barco son bastante pobres, fue fácil de distinguir.

— A pesar de la distancia y las condiciones ¿Podría darnos algún dato relevante sobre el cadáver? Lamento tener que hacerle estas preguntas, pero es mi trabajo. — Y aquella era una de las peores partes.

El hombre volvió a tomar aire con pesadez, cada palabra debía de suponerle un enorme esfuerzo — Estaba lleno de cardenales. Parecía haberse despeñado por el acantilado — gimió —, pero no entiendo cómo pudo llegar ahí ni por qué. No sé qué podría llevar a mi hija a estar fuera de casa a esas horas de la noche.

— ¿Cómo pudo sucederle algo tan horrible a mi hermana? — Se lamentó Andrea. Su marido, que hasta entonces había estado discretamente en la cocina, la abrazó o más bien la estrujó con sus enormes brazos mientras rebuscaba un pañuelo en el bolsillo. El inspector reparó en ellos por primera vez. Andrea compartía el mismo pelo negro que su madre y hermana y era, probablemente, más bella que Luisa pero después de haber visto el retrato de la desaparecida, comprobó que no tenía en los ojos la astucia de su hermana ni la fuerza de su madre. Vestía un liviano traje de color verde pálido y un collar de falsas perlas. Sencilla pero elegante comparada con el resto de sus familiares. Probablemente se había arreglado un buen matrimonio con el grandullón con cara de pocas luces que permanecía a su lado sin mediar palabra.

— Aún no lo sé, pero les prometo que haremos lo posible por averiguarlo — respondió el inspector pensando para sí que les esperaba una larga tarea y que, marchaba de aquel domicilio sin pistas concluyentes pero con muchos datos que analizar.

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