CAPITULO 3

El sol brillaba en lo alto cuando los dos hombres abandonaron el domicilio de Luisa Suárez. Caminaban ahora silenciosos con dirección a la comisaría, sumidos en sus pensamientos.  Gonzalo cargaba con unos cuantos paquetes de hojas que habían tomado de la habitación de la joven por si pudieran contener alguna de pista que les fuera de utilidad. Parecía más relajado después de abandonar el barrio pesquero y a punto había estado de ponerse a silbar una canción. Su buen humor a menudo contagiaba al del inspector pero las de aquel momento no eran circunstancias muy propicias para canciones.

Sierra, apoyado en su bastón y caminando con dificultad, pensó en aquella familia destrozada. Durante la guerra había visto a cientos de hombres fuertes llorar, llorar de dolor o por la pérdida de algún amigo o familiar. « ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?» era la pregunta que millones de españoles se hacían ante la guerra, siempre la misma, pero no había respuesta. Juraría que nunca podría llegar a acostumbrarse a aquella imagen: a la del duelo, a la de la infamia y la desesperación. La desesperanza de verse privados de los sueños. Volvió a centrar sus pensamientos en el presente. Debía de haber sido terrible para aquel padre ver a su hija flotando en medio de las aguas, como un saco sin vida. José. Su cara le resultaba terriblemente familiar. Quizá hubieran combatido en el mismo bando, pero los años en el frente le habían parecido siglos. Había conocido a tantos amigos y había perdido a tantos otros que, ante un mare-magnum de recuerdos, le era imposible ubicar a todos los rostros con lo que se había cruzado. De hecho, tenía serias lagunas de su estancia en combate. Intuía que había estado en la cárcel, sabía con certeza que había matado y había salvado, pero no sabía ni a quién, ni dónde, ni en qué circunstancias. Secuelas postraumáticas, le había dicho un doctor y tal vez era mejor así. Los pocos recuerdos que conservaba con nitidez se clavaban en su pecho y vivía con miedo a que, de repente, le bombardeasen todos aquellos que creía olvidados.  Pero aquel hombre… en cuanto le vio tuvo un pálpito. Volvería a hablar con él en los próximos días, cuando estuviera más sereno le preguntaría si habrían coincidido en algún lugar con anterioridad.

Una vez sentando en su pequeño despacho comenzó a organizar la investigación.  Ordenó al cuerpo de policía realizar una búsqueda minuciosa por los alrededores, por el pequeño sendero que conducía a las afueras de la villa y al acantilado, también por la zona de la ría. Llevarían consigo a los perros, preguntarían a todos los vecinos, a los transportistas y a los dueños de los comercios. ¿Por qué habría ido Luisa a la zona del acantilado? ¿Habría llegado hasta allí por voluntad propia, o alguien la habría obligado? Tal vez, debido a la escasa luz de sol de los días de Enero, se habría perdido en la noche y caído por el precipicio. Algo similar le había pasado hacía unos meses a un niño de nueve años. Todo el mundo se había movilizado pensado que aquello sería una tragedia cuando, al cabo de un día y medio, lo encontraron con hambre y muy asustado poco antes de entrar en el bosque. El terreno había cedido  por culpa de unas obras recientes creando un foso de unos metros de profundidad del que no había podido salir debido a su pequeña estatura.

Pero Luisa no tenía nueve años, tenía veinticuatro, y no se había caído por un pequeño foso, sino por un barranco.

 

Cuando todos sus agentes hubieron comenzado sus quehaceres, el inspector Sierra se dispuso a realizar su propia labor: se encargaría de otro tipo de investigación. Revisaría todos los papeles de aquella escritora. Se habían llevado cientos de hojas que descansaban en el escritorio o que se esparcían por la estancia. Tal vez en alguna de ellas encontraría una razón que justificase por qué se habría despeñado, como parecían indicar los hechos. Se sentía algo cohibido y en cierto modo, un privilegiado por poder leer en primicia embriones de posibles futuras novelas. Nunca había sido un ávido lector, pero su curiosidad era grande. Había esquemas de tramas, descripciones de personajes o de parajes que jamás se hubiera imaginado. Pasó el resto del día y hasta bien entrada la noche leyendo cientos de comienzos y decenas de finales, hojas de frases sueltas que luego se relacionaban unas con otras en los textos. Todo estaba escrito con tinta negra y una caligrafía muy desigual pero con trazos infantiles, a veces en mayúsculas, con una letra enorme o diminuta. Unas parecían estar escritas apresuradamente y otras resultaba un placer leerlas. De lo que no cabía duda era que habían sido realizadas por la misma persona, igualmente, decidió que lo consultaría con los expertos calígrafos para cerciorarse. Le resultaba increíble como de la mente de aquella chica podían salir tantas ideas y tan distintas. Es más, lo que le parecía increíble era que de la cabeza de una mujer pudieran salir proyectos que no estuvieran relacionados con la familia, el marido y poco más. A mediados de los años cuarenta, no se sentía un hombre especialmente atrasado pero pensaba que las mujeres deberían concentrarse en realizar las tareas de la casa y tener y cuidar a los hijos. Las tasas demográficas habían caído en picado en los últimos tiempos  y ¿Quién sino ellas podrían ponerle remedio?  Había que levantar el país y cada cual tenía su cometido y eso era algo que tanto él como Marieta habían inculcado a su propia niña. Con dieciséis años, Sara había aprendido a leer y a hacer las cuentas básicas para poder organizar la economía familiar en un futuro. Era una muchacha muy bella que había heredado los grandes ojos verdes de su madre. Le habían educado lo mejor posible dadas las circunstancias, pero como era aplicada y discreta, consideraba que no fuera a tener problemas para casarse, tal vez con un acaudalado médico, le gustaba imaginar. Pensó en Andrea, la hija de José, y en que posiblemente su matrimonio fuese lo mejor que podría haberle pasado a su familia.

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