CAPÍTULO 4

Mientras leía los escritos de Luisa, pensaba en su hija. Aunque se parecía mucho a él, no tenía una mente tan despierta y ni si quiera solía interesarse por las cosas que le contaba. En eso no se parecía a su mujer. En cambio Carlos, su primogénito, quién había partido a las milicias hacía unos meses,  probablemente algún día le sucedería en su puesto y, quién sabe, quizá hasta podría superarle. Se enorgullecía de él y de la educación que le había dado desde niño. Le había enseñado a disparar, a no ser incauto frente a un arma pero también a empuñarla. Había insistido en formarle y aleccionarle para ser el cabeza de familia si algún día él faltara. Todo esto había sido una medida de precaución ante los peligros a los que su profesión le enfrentaba día tras día, pero cuando vino la guerra no le quedó más que confiar que este adiestramiento salvara la vida de su familia mientras él estaba ausente, y así había sido.

Soñó con un tiempo sin fuego, ni hambre, donde los niños no supieran sobre racionamientos de comida, ni armas, más que por las historias lejanas que contasen los abuelos. Quizá después de todo, sus hijos, que también habían sufrido la crueldad de la guerra, aun tuvieran la oportunidad de un próspero porvenir.

En medio de sus ensoñaciones recogió del suelo otro de los montones de papeles, traídos de la casa de la familia Suárez. Eran varias hojas atadas con una cuerda. Tenían un papel fuerte y una caligrafía muy cuidada. Había una nota que rezaba «Para Juan». Las observó detenidamente durante largo rato. Levantó la vista justo cuando Gonzalo entraba por la puerta para traerle un café bien caliente.

—Tengo la impresión de que la muerte de Luisa no es algo accidental — comentó seriamente.

— ¿Quiere decir que alguien la arrojó por el precipicio? — Preguntó el joven con nerviosismo. Algo de café se derramó en el plato.

— Es posible. De lo que no estoy seguro es de si ese alguien lo hizo específicamente para matarla con la caída o para encubrir otro delito.

— De ser así, nos encontraríamos ante un caso de una envergadura mayor de la que esperábamos.

— Es cierto. — suspiró removiendo el café. Dio un sorbo. Estaba amargo. «Como la vida» pensó —  Me comentabas hace unos días que buscabas una razón para que te ascendieran ¿Verdad? Pues creo que aquí la tienes. Ayúdame a encontrar al asesino e intentaré que te asciendan.

—Es un buen trato — Sonrió. Tras guardar silencio durante unos instantes añadió — ¿Qué le hace sospechar que haya un asesino, inspector?

—Esto — respondió alzando el taco de hojas que acababa de revisar. Las dejó caer sobre la mesa causando un ruido sordo.

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