CAPITULO 5

Juan Villanueva miró por la ventana y lanzó un enorme suspiro. Solo eran las doce y media de la mañana y parecía llevar trabajando muchas horas. El tiempo se ralentizaba en aquel despacho. Le hubiera gustado poder salir a dar un paseo y que el sol y el aire le despejaran un poco, pero sabía que su padre estaría vigilándole desde su propia oficina, como un halcón que observa para captar el mínimo descuido de su presa. Se levantó de la silla y desde las alturas observó su mesa llena de hojas cubiertas de gráficos y esquemas. Todas ellas llevaban el anagrama de la empresa familiar: una eme elegantemente entrelazada a una uve, símbolo de «Metales Villanueva».

Odiaba ese anagrama. También odiaba su trabajo y podría decirse que casi hasta a su padre, pero se sentía como un pajarillo en una jaula. A pesar de ser ya todo un hombre, o casi, se veía como una marioneta que bailaba según su progenitor movía los hilos. Igual que su madre y su hermana, relegado a la misma condición, pensaba con frustración. No quería ser el director de una gran empresa. No tenía madera de empresario. Detestaba los números, las cuentas, los cálculos. No quería que una enorme compañía dependiera de él.

Su abuelo, Fernando Villanueva primero, había levantado aquella metalúrgica piedra a piedra con sus propias manos o, al menos, eso le había contado su padre, quien también había sido educado para ser el gran jefe que en la actualidad era. Pero éste amaba su trabajo. Disfrutaba cuando su empresa despuntaba y se deslomaba para salir adelante cuando las cosas se ponían feas.

Gracias a «Metales Villanueva» la pequeña villa en la que vivían había ido creciendo y convirtiéndose en un lugar mucho más próspero. La empresa a duras penas había sobrevivido a la guerra y, a pesar de las precarias condiciones en que aún se encontraba el país, obreros e ingenieros de muchos lugares comenzaban a llegar favoreciendo poco a poco el comercio, la creación de viviendas y las tasas demográficas. Era lo mejor que le había pasado a aquel lugar y por ello, su familia una de las más importantes y respetadas.

Aquellos años turbulentos le habían costado a Fernando Villanueva mucho dinero, la salud y casi hasta la vida. Con grandes esfuerzos había conseguido que la empresa redujera su producción pero sin dejar de funcionar, a fin de cuentas tristemente el metal es uno de los elementos fundamentales para la construcción de prácticamente todas las máquinas de matar.

— ¡Esto no es una fábrica de armas! — había discutido acaloradamente con un importante hombre de negocios, subordinado directo de uno de los caudillos al mando de uno de los bandos en que se dividía el país —. Fundiremos el metal, pero no fabricaremos la munición.

—Fernando ¿Está usted rechazando esta oferta de trabajo por cuestiones morales? ¿Le parece que es momento de hablar sobre moralidad? — había reído el hombre acariciando su bigote perfectamente recortado.

—Me parece que toda ocasión es buena para hablar sobre la moral. No seré yo quien fabrique las balas con las que asesinaréis a miles de hombres. Tampoco tengo maquinaria para construirlas ni intención de adquirirla.

— Quizá sea sobre su pecho donde impacte la primera bala — respondió con frialdad —. No se olvide que la suya no es la única metalurgia del país.

—Pero es la única que cuenta con sus principales instalaciones intactas. Las bombas no nos han alcanzado aún. Si usted contratase a otras fábricas tendría que esperar a que reparen los destrozos y eso no solo será muy caro, sino que le supondrá una gran pérdida de tiempo.

—Entonces ¿Acepta usted mi oferta?

—Creo, señor Arena, que no lo ha entendido bien. La pregunta es ¿Acepta usted la mía?

Fernando había necesitado tiempo para sobreponerse de aquella reunión. Había conseguido su propósito y así, ganado su propia batalla durante la guerra. Sabía que las armas se fabricarían igual, pero si contrataban a una segunda empresa, estarían dando trabajo a unos cientos de hombres más, ofreciéndoles la oportunidad de que, al menos, su familia no muriera de inanición. 

Juan sabía ciertas cosas acerca de su padre. Sabía que era un buen hombre y el gran papel que había realizado en los últimos años. Sabía que quería lo mejor para él, con independencia del egoísmo de su propia satisfacción personal al ver como el legado familiar continuaba en manos de su hijo. Y también sabía que sería casi imposible que diera su brazo a torcer; después de haber derrotado a expertos negociantes, su hijo sería despachado en menos de cinco minutos.

Había intentado razonar con su progenitor cuando tuvo edad de entrar en la universidad. Trató de convencerle para que le dejase estudiar otra cosa, casi cualquier otra, que no fuera una ingeniería o algo relacionado con el mundo empresarial.

—No digas tonterías hijo — había dicho el hombre —, ¿Qué harás si no? Te formarás en el extranjero y cuando estos tiempos de turbulencias se calmen, volverás y ocuparás mi lugar.

No había tenido tiempo de contestar. Con una sonora carcajada por parte del padre había sido despedido. Un tiempo después y justo antes de comenzar sus estudios en la universidad, intentó negarse a ir. Entonces no hubo risas.

— ¡Apenas has pasado hambre durante la guerra! — había exclamado el hombre —. Te has librado de que te llamaran a filas gracias a mí. Habrías muerto en combate en el primer asalto ¡Te he salvado la vida! Y, ahora te ofrezco la oportunidad de estudiar, una oportunidad por la que muchos matarían ¿Y la desprecias?

— ¡Quiero ser el dueño de mi propia vida!

— ¡No quiero ni oír una sola queja, una sola protesta! Te irás a esa facultad y cuando vuelvas serás un hombre. Serás ingeniero y me sucederás en este negocio.

—Pero…

— Eres un crío y no sabes lo que quieres. Te aseguro que acabarás dándome la razón. O, por lo menos, las gracias por proporcionarte la seguridad de que aprenderás a trabajar para mantener el nivel de vida que te hemos proporcionado hasta ahora.

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