CAPÍTULO 7

 

 

 

—Tiene usted una visita —anunció su secretario.

—Dile que pase, Sebastián.

Juan se sorprendió al ver aparecer a un joven a quien seguía el inspector de policía. Era un hombre alto y fuerte, con un poblado bigote negro. También llevaba una gabardina beige, igual que en las historias policiacas, pensó. Entró cojeando en el despacho, probablemente se debiera a alguna herida de guerra. Había oído cientos de rumores y leyendas sobre él, algunos decían que en la batalla había sido un héroe, otros un asesino pero, la verdad nadie la conocía.

— Tome asiento, por favor  — dijo estrechando la mano a ambos hombres— ¿Puedo ayudarles en algo?

—Venimos a darle una terrible noticia — respondió el inspector con voz grave —: Luisa Suárez ha sido hallada muerta durante la noche de ayer.

— ¿Luisa Suárez? ¿Hallada muerta? — preguntó estupefacto — ¿Cómo?

—Su padre reconoció el cadáver flotando a la deriva, pero éste no ha podido ser rescatado.

El chico palideció un poco. — Gracias por venir a darme la noticia — balbuceó.

— ¿Eran ustedes amigos?

— Nos conocíamos desde hace unos cuantos años. — Miró al inspector Sierra y a su subordinado esperando que se levantaran de su silla y se marcharan. Pero eso no ocurrió.  Seguramente querrían hacerle más preguntas.

—Hay algo más — añadió haciendo un gesto a Gonzalo para que le tendiera el paquete de hojas —, encontramos esto en su cuarto. Son unas cartas y, según pone aquí, es usted el destinatario —  Juan arqueó las cejas sorprendido —. Por lo que parece Luisa debía tenerle un… especial aprecio.

Las hojas fueron depositadas sobre la enorme mesa de roble mientras el chico las contemplaba fijamente sin saber muy bien qué decir o hacer. Parecía abatido.

— Creemos que Luisa no ha llegado muerta al mar de forma accidental —  dijo sacándolo de sus pensamientos —. No sabemos absolutamente nada además de los datos proporcionados por los marineros que descubrieron su cadáver y estas cartas. — El hombre examinó los gestos de Juan. Vio como apoyaba la espalda en su silla y suspiraba pero no sabría decir exactamente qué habría querido expresar. Tampoco entendía qué relación podía tener el joven empresario con aquella chica. Las cartas daban a entender que ambos tenían algo especial pero quizá solo se tratase de una gran amistad. Era bastante extraño que se diera un romance entre dos personas de clases tan diferentes. Aunque él, como inspector, debía barajar todas las opciones.  Por otra parte, si de una relación amorosa se tratase, el chico no parecía especialmente afectado. Le veía perdido en sus pensamientos apretando ahora, casi con enfado, el montón de cartas en cuyo remitente aparecía su nombre. Probablemente la rabia era una reacción normal ante la muerte de un conocido que además le ha dejado una serie de confesiones escritas. — ¿Reconoce usted estas cartas?

—Sí. Luisa me las envió hace años.

—Si se las envió ¿Cómo explica que ya no estén en su poder y fueran halladas en casa de la joven?

Juan se encogió de hombros — creía haberlas perdido. Tal vez las tiré por casualidad y alguien las encontró y se las devolvió. En el sobre aparecen su nombre y dirección también.

— ¿Cuándo fue la última vez que vio a la chica?

El inspector observó cómo intentaba recordar. Tardó un tiempo en responder. —La vi el domingo. Salía de la iglesia, sobre la una del mediodía.

— ¿Y habló usted con ella?

—La saludé.

— ¿Dónde fue usted después?

—Tuve una comida con mi familia — respondió deprisa.

Con una mirada comprensiva, el inspector y Gonzalo entendieron que el joven empresario, aunque quisiera disimular, parecía cada vez más aturdido. Tenía que asimilar mucha información.

— Le dejaré por hoy  — decidió el inspector — .Veo que se encuentra algo sorprendido por la noticia.

—Cierto  — respondió secamente —. Solo una pregunta ¿Ha leído usted las cartas?

—Sí. Comprenderá que es mi trabajo y, con su permiso, he de llevármelas de vuelta. Me han encomendado la investigación de este caso, por lo que si no le importa, tendré que hacerle unas cuantas preguntas próximamente — le dijo —. También es posible que tenga que interrogar a sus familiares para corroborar sus datos. Lamento las molestias pero estamos ante un presunto asesinato y usted, por razón de estas cartas parece estar muy vinculado a la víctima.

— ¡Yo no tengo nada que ver con esa muerte! — exclamó Juan.

— Pues, si es así, deberá colaborar con nosotros para descubrir entonces quién ha sido el culpable de ésta tragedia.

Dicho esto el inspector se levantó y ambos hombres se estrecharon las manos de nuevo. Juan le acompañó hacia la puerta y la cerró tras de sí.

Por fin solo.

Al volver hacia su mesa, se dio cuenta de que una de las cartas debía de habérsele resbalado al inspector y estaba en el suelo. La recogió y abrió el sobre.

«Mi queridísimo Juan, solo hace unas horas que estamos separados y ya echo de menos a mi mejor amigo. Cuando te sientas solo, recuerda que esto es solo algo temporal. La vida nos volverá a juntar, estoy segura. Es solo cuestión de tiempo.

Mientras tanto yo te escribiré a diario, para que no me olvides y no te pierdas mis andanzas. Lee todas mis cartas, una a una y prometo sorprendente. Tuya: L. S»

Juan terminó de leer. Sonrió contemplando la hermosa caligrafía de Luisa. Aquella carta debía de estar escrita hacía ya bastante tiempo. Abrió el cajón y sacó de él la novela que había guardado apenas una hora antes. Contemplándola, la puso encima de la mesa. Bajo el título, unas letras doradas dibujaban el nombre de su autor: Luisa Suárez.

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