CAPÍTULO 14

Los dos hombres abandonaron el edificio. Algo extraño hubo en aquella entrevista. Quizá la familia estaba ocultando algo. La que más había hablado y gracias a la cual sentía que iba investigando por el buen camino, era la hermana menor de la joven. Sus padres en cambio le habían dado respuestas escuetas y sin demasiadas explicaciones. Podrían estar encubriendo algún tipo de secreto. Su hija había fallecido, por lo que debía de tratarse de algo muy gordo. Quizá algo que tuviera que ver con su relación con Villanueva y la compañía. Quizás Luisa aspirase a algo mejor que ser una simple maestra. Puede que fuera una mujer que tuviera pensado trepar hasta arruinar a la poderosa familia. Pensó que era difícil, pero por otro lado, con estas cosas, mejor dudar hasta de la propia sombra de uno y, sobre todo hacerle caso a las corazonadas. Aún no había comenzado a leer el libro publicado por la joven. Debía hacerlo pronto. Tal vez  su contenido revelase algún motivo que pudiera justificar su desaparición.

 

 

 

A continuación, entraron en la destartalada pescadería donde trabajaba el antiguo prometido de Luisa. Alejandro Ramos estaba apilando cajas con sardinas, lenguados y distintas variedades de pescado. Era un joven de no muy alta estatura y pelo negro como el azabache. Tenía una fría mirada gris.

 

— ¿Puedo hacer algo por ustedes?  — preguntó algo alarmado al ver  las placas de policía.

 

—Buenos días. Soy el inspector Sierra y este es mi agente, Gonzalo Vega. Sabemos que usted conocía a Luisa Suárez. Estamos investigando la causa de su reciente fallecimiento y me gustaría hacerle algunas preguntas.

 

—No pensarán que yo la maté ¿verdad? — preguntó alarmado.

 

—Solo venimos a contrastar datos — dijo el inspector con cautela.

 

—Porque yo no tengo nada que ver. Pueden registrarme a mí, mi casa, el negocio de mi padre… pero soy inocente.

 

— De acuerdo, de acuerdo — trató de tranquilizarle el inspector sorprendido por tanta preocupación. — ¿Puede decirme usted qué relación mantenía con la joven?

 

—Pues, en teoría, íbamos a casarnos.

 

— ¿En teoría?

 

—Sí, qué quiere que le diga, con perdón por la fallecida, pero como novia era horrorosa. Nunca quería pasar tiempo conmigo, me hacía sentir como un estorbo a su lado. Me hablaba de cosas que ni siquiera entendía y no le interesaban mis famosas anécdotas sobre los distintos tipos de sardinas, ni mis méritos en la pesca. Me criticaba por ser un hombre y no saber geografía ¿Qué me importa a mí donde estén América o China o Kotio? — dijo con amargura retorciendo el pescuezo de un atún.

 

—Tokio.

 

—Eso. ¿Qué más da?

 

—Veo que eran ustedes personas muy distintas.

 

—Cierto. Mi padre me engañó. Me dijo que sería una esposa perfecta y yo le creí. Pensé que era como su hermana. ¡Menuda suerte tuvo el tal Francisco! Se ha casado con la mejor mujer del pueblo y a mí me hubiera tocado el bicho más raro del lugar. Al menos con los años se había convertido en una de las más guapas, en mi opinión. Qué quiere que le diga, no me alegro de su muerte ni mucho menos, yo la quería ¿Sabe? A mi manera. Puse todo de mi parte para que las cosas fueran bien y me apenó enormemente la tragedia. Pero ahora me siento liberado. Encontraré a otra chica, una más simple. Que planche y cocine bien y que sepa limpiar la escopeta para cuando quiera ir a cazar jabalíes.

 

—Entiendo… Y una última cosa ¿Sabía usted algo de la relación que tenía con el señor Juan Villanueva? — El inspector observó como Alejandro apretaba los puños torturando al desgraciado pescado que tenía en sus manos.

 

—Ese Villanueva es despreciable. No sé qué tipo de relación tenían pero no me gustaba nada. Se conocían desde hacía varios años. Una vez, siendo jóvenes, me pegué con él. Le rompí la nariz. Años más tarde vi, y le digo sinceramente que con satisfacción, como me miraba con rabia al enterarse de que Luisa y yo estábamos prometidos. Entonces me sentí más poderoso que él y, sabe usted que eso es muy difícil. Sólo hubo una cosa que me hizo descender de mi nube.

 

— ¿Cuál?

 

—Que ella no era la misma cuando le miraba. Ni cuando hablaban. Si Villanueva aparecía, se le iluminaba la cara, como si hubiera encontrado el mayor tesoro jamás visto. Como si fuera lo más feliz que hubiera pisado la tierra. Y él lo mismo. Posiblemente de forma más discreta, pero no le quitaba ojo. Me fijé muchas veces. Cuando Luisa volvía a dirigir la vista hacia mí, tenía una sonrisa forzada en la cara, para no desagradarme, pero el resto del tiempo estaba apagada. — suspiró. —  De vez en cuando se le ponía una sonrisa tonta en la cara, pero sabía de sobra que no era por mí. Probablemente Juan hubiera aparecido en alguno de sus pensamientos.  Cómo odiaba esa sonrisa, tanto que… — se quedó en silencio mientras los dos hombres le miraban con expectación. —  Le dije que si nos casábamos le prohibiría ver a ese hombre. Entonces tuvimos una discusión muy fuerte. ¿Tienen alguna pregunta más?

 

—Creo que es suficiente, gracias.

 

 

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