CAPÍTULO 16

Seis años antes, 1939.

Por fin había llegado el buen tiempo y, con él, las vacaciones de verano. Juan había hecho su equipaje y despejado su cuarto en la residencia universitaria, se había despedido de sus compañeros y ahora, en el tren, le esperaban varias horas de un pesado traqueteo que le llevaría de vuelta a casa. Observaba por la ventana las enormes praderas secas que iban dejando atrás poco a poco para dar paso al clima húmedo y los prados verdes de su provincia. Junto a él, en el asiento, llevaba un pequeño paquete rectangular. Se trataba de una colección de relatos de Charles Dickens. Era un regalo para Luisa. Lo había comprado en un mercadillo de libros antiguos que habían instalado cerca de su universidad unas semanas antes. Se sorprendió al ver un volumen traducido al castellano y pensó que a la chica le gustaría. Releyó una vez más y con la misma sonrisa — sino todavía mayor  —la última carta que ésta le había enviado.

«Queridísimo  Juan,

Solo faltan unas pocas semanas para que vuelvas a casa. No te he echado nada de menos. De hecho, estoy segura de que tú a mí tampoco. Prueba de ello son las cinco cartas que me has enviado en las últimas tres semanas hablando de excursiones hasta el faro y comidas al aire libre. ¿No crees que ya somos un poco mayorcitos para eso?

Aunque, pensándolo mejor… ¿De qué decías que te gustaban los sándwiches?

Me has dejado impresionada con tus altas calificaciones de este curso. ¿Ves? Solo tenías que estudiar un poco más  –  eso o que quizás la suerte te ha sonreído por una vez  – pero siempre te lo he dicho y lo repetiré una vez más: Eres brillante Juan, BRILLANTE. Algún día te darás cuenta y si no, espero estar cerca para hacértelo ver.

De momento, piensa en el largo verano que te espera. Siento decirte que es posible que esta vez no podamos vernos tan a menudo. Ahora estoy trabajando como ayudante de costura. Todos los días tengo que ir al taller de Doña Leonor y pasar allí horas cosiendo botones, rematando dobladillos y ayudando a cortar telas. Es una mujer bastante hosca y no hace más que regañar a las chicas si a alguna se le escapa el menor detalle Al menos paga bastante bien, y dentro de muy poco tiempo me veo enseñando a leer en la escuela.

También he de decirte algo. ¡He terminado mi novela! Me ha llevado mucho tiempo y mucha, mucha tinta. Pero está acabada. Me muero de ganas de que enseñártela, pero quería esperar a que llegases de tu viaje. Quizá no sea lo mejor que hayas leído nunca pero creo que te gustará.

Por último, yo también tengo ganas de ver si sigues igual de feo que cuando te fuiste en Navidad, y si es así, buscaremos una lugar seguro donde esconderte para que no te vea nadie.

Tuya, L.S»

Nada más llegar a casa y saludar a su madre y hermana, Juan tenía una reunión con su padre. No un agradable paseo por los linderos de su casa de campo, no. Una reunión. El hombre le esperaba muy serio en su despacho. Todos los años era igual. Le sometería a un interrogatorio y no contento con sus resultados académicos, le pondría su propio examen. Le explicaba los balances de la empresa y los nuevos materiales con los que contaban trabajar próximamente. Le haría una serie de preguntas que anotaba en una hoja y, una semana más tarde, el chico debería haber respondido a todas y cada una de ellas sin el más mínimo fallo. Fernando no entendía que su hijo era ingeniero, no economista y que analizar las cuentas de la empresa era algo que se escapaba a sus conocimientos. «Es cuestión de ser inteligente y tener visión de empresario» solía decir con orgullo. Juan  no se consideraba tonto, pero empresario tampoco y, una vez más, una semana después tuvieron la misma discusión.

— ¡Está mal! ¿Cómo es posible que no veas cosas tan sencillas?

— ¿Cómo lo voy a ver si no se me enseña?

— ¿Es que no sabes hacer nada por ti mismo? Deja de pensar en sabe Dios qué y céntrate en lo que tienes que hacer, en tu futuro.  — Una vez más, la conversación volvía por los mismos derroteros. — Tu hermana y tú no me dais más que disgustos.

— ¿Cecilia?

—Resulta que ahora me dice que quiere estudiar.

— ¿Y por qué no habría de hacerlo?

— Ya le hemos enseñado todo lo que una mujer debería de saber. Cocina estupendamente, sabe leer y escribir, comportarse en una mesa y recibir a los invitados, hasta le hemos pagado clases de piano y de francés.

— ¿Y no crees que podría aspirar a más que eso?

— ¿Mas?

—A estudiar una carrera.

— ¡Pamplinas!

—Algunas mujeres lo hacen y nuestra familia tiene dinero de sobra. A ti no me costaría mucho y ella estaría contenta. Quizá pudiera ocupar mi puesto en la empresa. Te crees un hombre moderno y emprendedor  pero la realidad es que estas quedándote obsoleto.

— ¿¡Cómo te atreves a decir eso!? — Gritó enfadado — Nuestra empresa dirigida por ¿Una mujer? Jamás.

—Una mujer que es tu hija ¡Tu propia sangre!

—No quiero volver a oír hablar del tema. Ahora, sal de aquí por favor.

Juan abandonó la estancia. Estaba enfadado por la cabezonería de su padre y también apenado por su hermana. Hacía años que sabía que ella no se conformaría con ser la sombra de su marido, quien sin duda, sería un hombre poderoso del calibre de su padre y elegido además por éste. Ellos eran tan distintos. Él le cedería su puesto en la empresa gustosamente. Se lo había dicho  una vez con intención de alentarla pero, por lo menos aparentemente, la había hecho enfadar.

—Eres un egoísta.

— ¿Yo? Te estoy diciendo que te daría mi puesto y ¿Me llamas egoísta?

—Ambos sabemos que es prácticamente imposible que ocupe ese lugar. Tú, que tienes la oportunidad, aprovéchala.

— ¡No quiero dirigir la empresa! Llevo años diciéndotelo.

—Y yo años odiándote por eso. No sé lo que te ha metido esa tal Luisa en la cabeza, pero, haz el favor de seguir tu camino y dejarte de ensoñaciones. — Concluyó secamente.

—Luisa no tiene nada que ver en esto, ha sido decisión mía.

—Claro, lo que tú digas hermanito.

 

Cecilia era así, una mujer muy cuadriculada, exactamente igual que su padre. Para ellos no existía nada más que lo que veían delante sus narices, no se imaginaban que uno pudiese tener un futuro prometedor de otras formas distintas. Ambos presumían de ser igual que el abuelo: gente con iniciativa, con determinación… Juan no lo compartía. Veía que se habían quedado estancados y obcecados en la misma cosa.

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