CAPÍTULO 18

Salió de los grises edificios de oficinas aquella mañana del año treinta y nueve y se dirigió al centro. Esperaba encontrar a la chica y darle una sorpresa. Llevaba consigo el libro que le había comprado. Lo primero que se le ocurrió fue visitar la tienda de Doña Leonor.

— ¿Desea algo caballero? — preguntó una mujer horonda y con  pelo de color azabache recogido en un moño. Aquella sin duda, debía ser la dueña.

—Busco a Luisa Suárez. ¿Está aquí?

—Un momento — respondió con mala cara al percatarse de que probablemente no hubiera entrado en la tienda para comprar nada. Abrió una cortinilla que daba al pequeño taller donde Juan pudo ver varias chicas sentadas en círculo realizando sus labores. Entonces Luisa salió poniendo una enorme sonrisa al verle.

— ¿Qué haces aquí?

—Acabo de llegar y te he traído una cosa.

Doña Leonor miró a ambos jóvenes con desdén. — Será mejor que éste joven no te entretenga Luisa, todavía tienes mucho trabajo que hacer.

La chica suspiró — ¿Por qué no vienes a buscarme a la salida?

Tres horas más tarde se hallaban sentados en un pequeño parque cercano. Parecía que los meses de invierno no hubieran pasado para ellos. Luisa sujetaba el libro de Dickens en el regazo emocionada por aquel inesperado regalo. Aquel era el primer libro de su propiedad. Juan la miraba de vez en cuando de reojo sorprendido por lo que había cambiado en todas aquellas semanas. Suponía que las horas de trabajo y estudio habían hecho mella en ella.  Ya no era la cría que corría de un lado a otro y con la que discutía cada dos por tres. La chica siempre había tenido las ideas muy claras pero, una vez más, le dejaba impresionado con la frialdad con la que hablaba sobre su futuro.

— ¡Tienes que enseñarme tu novela! — había dicho Juan.

— Después subo a casa y te lo doy, pero ahora quiero disfrutar de la compañía de mi amigo. — Rodeó el brazo del chico con el suyo y apoyó la cabeza sobre su hombro. De haberlos visto, cualquiera hubiera pensado que de dos enamorados se trataba, por suerte, pensó Juan con tristeza, nadie solía pasar por allí. Ambos podrían verse comprometidos si comenzasen los murmullos en el pueblo, sobretodo la chica. — No estoy segura de si mi relato te gustará

— ¿Por qué?

—Ya lo verás.

— ¿Y tienes pensado publicarlo?

—No quiero hacerme ilusiones.  — respondió encogiéndose de hombros. — Además, no tengo medios para hacerlo. Soy una mujer ¿Recuerdas?

—Es cierto. Pero eso no tiene por qué ser un problema, podrías usar mi nombre. — dijo Juan emocionado.

Luisa se rió — ¿Tu nombre? Eso sí que podría traernos un disgusto. ¡Comprometería tu futuro!

— ¿Publicar una historia de piratas podría poner en peligro mi amada carrera? – respondió con retintín.

—No es de piratas precisamente… deberías de leerlo antes de ofrecerme tu nombre. Y, por otro lado, piénsalo, es muy injusto que no pueda usar el mío propio.

—Eso no te lo puedo negar.

 

Aquella noche Juan empezó a leer la novela de Luisa. En cuanto llegó a la página veinte, se dio cuenta de que ya estaba totalmente enganchado a la historia. Nunca había visto nada parecido. Le parecía terriblemente real. Era envolvente, era fría y muy  dulce. Era exactamente igual que su autora. Estuvo despierto hasta altas horas de la madrugada, hasta que la acabó y, agotado, se quedó dormido. Soñó toda la noche con ella, con sus personajes y sobre todo con un final que le había impactado.

 

De lo que no cabía duda era que aquella narración que debería ver la luz iba a dar mucho de qué hablar.

 

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