CAPÍTULO 20

A Juan no le quedó más remedio que confesar a Luisa que había dejado el libro a sus tíos. Por fortuna la chica se alegró al escuchar el entusiasmo que Miguel y Pilar habían mostrado hacia la novela y que querían conocerla. Así fue como la joven fue invitada a comer con la familia Villanueva al completo y, para sorpresa de Juan, aceptó.

—No hagas caso de lo que diga mi padre — Advirtió — Odia a todos los que no son como él.

—Descuida, — respondió tranquila —  tal vez tu padre y yo seamos más parecidos de lo que él piensa.

En aquella velada, Luisa terminó sentada entre su amigo y el padre de éste, quien presidía la mesa. En frente Cecilia, Pilar y Paloma, la madre del chico. Y ocupando el otro puesto presidencial, estaba Miguel.

La chica se había puesto su mejor vestido para la ocasión, pero no podía evitar sentirse un tanto cohibida por la notable diferencia que existía entre su familia y aquella con la que compartía mesa ese día. A pesar de sus exquisitos modales inculcados meticulosamente por su madre,  Fernando Villanueva la miraba con desaprobación. Posiblemente, pensó, él no estaba especialmente de acuerdo en que fuera invitada aquel día.

—Y bien Luisa ¿Puedes decirme a qué se dedican tus padres?

—Claro — respondió ésta — Mi padre es pescador y mi madre cocina para “El Campanario”, ya sabe usted, el mejor restaurante de los alrededores.

—Permítame que discrepe, pero me parece una osadía por tu parte afirmar que ese es el mejor restaurante. — Se empezaba a formar un ambiente de tensión en la mesa. Juan miraba con rabia a su padre.

—No creo que sea una osadía señor. Simplemente le estoy remitiendo los datos de las críticas culinarias publicadas en los periódicos esta última semana.

Al cabeza de familia no le gustaba que le llevasen la contraria ni mucho menos perder en las discusiones.

— ¿Es cierto que tienes una hermana? — preguntó la madre de Juan con la intención de cambiar de tema y evitar que su marido iniciase una discusión.

—Sí. Tengo una hermana menor llamada Andrea.

— ¿También escribe? — Preguntó Pilar.

—No. La verdad es que somos muy diferentes. Ella se dedica a aprender a hacer sus labores y prepararse para un buen matrimonio.

— ¡Como debería de ser! — Interrumpió Fernando.

Luisa iba a decir algo pero se contuvo. Sabía que en aquella casa, por lo menos aparentemente, tenía todas las de salir perdiendo. Escucharon al hombre y su retahíla se argumentos acerca del valor de una buena esposa y la importancia que su papel de ama de casa y madre de sus hijos tenía para la sociedad. Miguel, simplemente comía, como si la cosa no fuera con él. Paloma, miraba hacia su plato con disgusto y algo de vergüenza, mientras que Pilar miraba desafiante a su cuñado dispuesta a rebatirle hasta la última palabra a pesar de saber que nunca le haría entrar en razón. Por su parte, las dos más jóvenes intercambiaron una profunda mirar de comprensión. Parecía que a pesar de ser tan diferentes, tenían en común mucho más de lo que hubieran imaginado. Por último Juan, cargado de rabia, pensó por primera vez en su vida que, de alguna forma, lograría hacer que su padre se tragase todas sus palabras. Por debajo de la mesa y sin que nadie se percatase, le cogió la mano a Luisa y se la apretó fuerte. Algún día la llevaría hasta lo más alto, costase lo que costase, y jamás la dejaría caer.

 

Una vez que el señor Villanueva hubo abandonado la mesa, el ambiente se volvió más distendido y la chica se sintió mucho más cómoda de lo que hubiera imaginado. Resulta que, al fin y al cabo en todas las familias se acaba hablando de lo mismo: de los últimos cotilleos del pueblo, de los nuevos productos del mercado o de los planes para el fin de semana siguiente. La velada pasó rápidamente y cuando se quiso dar cuenta, se había quedado sola con Juan y sus tíos.

—Nos ha encantado tu novela, Luisa  — empezó diciendo Pilar. — ¿Es lo primero que escribes?

—Sí, es mi primer relato largo.

—Hemos estado pensando y hemos hablado con mi sobrino y creo que podremos logar que le lo publiquen — continuó Miguel.  — Con  tu nombre en la portada — Sonrió.

— ¡Eso es fantástico! — Exclamó Luisa mirando a Juan, quien le dirigió una media sonrisa.

—Pero hay un problema — interrumpió Pilar. — Debido a su argumento, ese libro podría perjudicar a toda la compañía Villanueva al menos de una forma indirecta. Si quieres mi opinión, creo que esta es una gran oportunidad para ti y si fuera yo, seguiría adelante porque lo que  has escrito es una obra de arte y puede ser que no vuelvas a tener otra posibilidad de que vea la luz.

Luisa asintió nerviosa.  — Yo no busco perjudicar a la compañía. Ustedes lo saben. No veo por qué este libro puede hacerle el mínimo daño a una empresa tan poderosa.

—Porque quién está a la cabeza es mi padre. — Contestó Juan — y cualquier cosa que pueda alterar mínimamente su entorno, la destruirá.

—Soy alguien insignificante al lado de tu padre.

—Pero podrías convertirte en una mujer muy poderosa. Quizá no de repente, pero sí en unos años siempre y cuando tengas a alguien que te asesore como Dios manda. — dijo la mujer.

—Y esos somos nosotros.

 

Juan miró con orgullo a su tío. Habían sido muy generosos. Financiarían la publicación y asesorarían a Luisa sin ningún tipo de contraprestación, simplemente, como decía Pilar, porque ya iba siendo hora de que las mujeres demostrasen su talento.

 

 

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