CAPÍTULO 21

 

 

El inspector Sierra llevaba horas encerrado en su oficina. Aquello no tenía ni pies ni cabeza. Ni siquiera sabía quién podría ser el principal sospechoso. Había colocado una pizarra con los nombres de todos los implicados. En aquellos momentos dudaba de todos y cada uno de ellos. ¡Podría haber sido cualquiera! Todos tenían una coartada pero con que alguien les hubiese perdido de vista unos minutos sería suficiente para ejecutar el asesinato. Quién sabe si podría haber algún cómplice aún desconocido.

En primer lugar estaba la familia de Luisa. Le parecía muy extraño que sus propios padres o su hermana la hubiesen matado, ellos mismos habían organizado la búsqueda de la joven y llamado a la policía la noche de su desaparición. Por otra parte, recordaba su sorpresa al percibir el extraño comportamiento de la familia. Quizá se debiera a todas las penurias que habrían soportado durante la guerra: la pérdida de amigos y familiares, la escasez de alimentos, el miedo… Aun así, algo le decía que no podía tachar sus nombres de la lista de sospechosos, especialmente el de su hermana, a pesar de ser la más cooperativa durante la entrevista, tal vez estuviera interpretando un papel. Las dos hermanas no tenían lo que se dice, una relación especialmente estrecha. Solían discutir a menudo y por lo visto ninguna estaba de acuerdo con las ideas de la otra. En privado, justo antes de marcharse y en un descuido de sus padres que respondían a las últimas preguntas de Gonzalo, Andrea le había confesado que su hermana no estaba de acuerdo con su reciente matrimonio con Francisco Arias, y ella ni mucho menos había aprobado desde un principio la publicación de su libro, alegando que aquello le traería demasiados problemas.

Entre las elucubraciones y teorías que rondaban la cabeza del inspector, estaba la posibilidad de que Andrea tuviera envidia secreta a su hermana mayor, dado que ésta era una mujer resuelta que sabía lo que quería y ella ahora se veía atrapada con un hombre al que, quizás, ni siquiera amaba. A veces las cosas que más criticamos de los demás son en realidad las que querríamos para nosotros mismos, así funciona la envidia humana.

Quién sabe si en un ataque de celos se habrían peleado, terminando la contienda con un desenlace fatal para la primogénita. Aquella no le pareció una hipótesis tan disparatada. La anotó en su cuaderno como una posibilidad.

Por otra parte estaba Alejandro Ramos, a quién de una forma u otra, Luisa siempre dejaba plantado. Ya fuera porque la presencia de Villanueva hacía que ésta no prestara atención a nada más, o bien porque su reciente muerte le había dejado de repente sin planes de futuro. Había varias cosas que le hacían sospechar del chico de la pescadería, entre ellas la voz de rabia que había puesto al hablar de la relación entre Luisa y Juan. Casi le había parecido de loco. En cierto modo podía entender la frustración de tener que casarte con una mujer que ni te quiere, ni parece que vaya a hacerlo nunca. Además él se quejaba de que la chica lo miraba con aires de superioridad y lo trataba como si no fuera demasiado listo, cosa que tampoco le extrañaba al inspector, dado que no era difícil averiguar a simple vista que aquel tipo no tenía muchas luces.

Lo más sorprendente de todo, era que ya puestos a asesinar a alguien, Alejandro hubiera matado a Luisa, cuando en realidad a quien debería de haber hecho desaparecer sería a Juan pues él era la raíz de su desgracia. El problema estaba en que, de haberlo matado y ser descubierto, no sólo pagaría con pena de cárcel sino que era muy posible que su familia tuviera que correr con los gastos de una indemnización millonaria exigida por los fieros abogados de la poderosa familia.

Alejandro tampoco podía ser descartado.

En otra columna de la lista escrita con tiza blanca en el enorme tablero, se encontraba la rama de los famosos empresarios. En primer lugar y con letras mayúsculas, se encontraba Juan. Supuestamente el chico estaba — o había estado —  enamorado de ella. Tampoco se mostró especialmente afectado con la tragedia. Quizás fuera por el impacto de la noticia o porque, como había dicho, actualmente sólo mantenían una amistad cordial. Puede que simplemente solo sintiese algo de pena por los recuerdos de una juventud no muy lejana y él hubiera continuado con su vida. Le parecía una persona en cierto modo misteriosa. Doblegado a voluntad de su padre, era por todos sabido que no tardaría en revelarse. Esa era la razón por la que resultaba el principal sospechoso. A lo mejor la muerte de Luisa era solo un paso más para la destrucción de Fernando y de su compañía. Todos sabían que si se relacionaba a la importante empresa con el suceso, ésta podría irse a la ruina, sobre todo después de la publicación de un libro que había puesto en jaque al magnate empresario. Lo único que desencajaba en este supuesto, era el afecto que Juan y Luisa sentían el uno hacia el otro.

No mucho menos importante que Juan en esta lista, era su padre. Sierra cambió los nombres de orden para colocar a éste en el primer lugar. Por lo visto, Luisa era una gran influencia para el joven, según había podido oír o deducir de sus cartas. Revolvió los papeles que tenía en la mesa y encontró una que le había llamado especialmente la atención:

«Queridísimo Juan:

¿Qué tal estás?  Lamento decirte que yo bastante enfadada contigo. Me dejaste muy triste con nuestra última conversación. No fue la mejor forma de despedirse dado que voy a estar mucho tiempo sin ver a mi mejor amigo.

Entiendo que estuvieras disgustado por lo de tu padre. Que no te guste demasiado la universidad y que envidias a los amigos que pueden hacer con su tiempo lo que quieren mientras que tú estarás sumiso a las órdenes de un hombre que no ve más allá de sus propios intereses. No te voy a negar que sea una situación desagradable y que es probable que no puedas salir de ella en unos cuantos años pero ¿sabes qué? Empiezo a cansarme de tus tonterías. ¡REBÉLATE! ¿Algo no te gusta? ¡CÁMBIALO! Y vive la vida que a ti te gustaría y no la que te ordenan los demás. Se inteligente. Aprovecha las oportunidades que tienes ahora, que no son pocas, y sácales el mayor rendimiento posible. Entonces, un día, encontrarás el momento adecuado y abandonarás la empresa si eso es lo que quieres. Pero por el amor de Dios. ¡Basta ya de quejarse y de llorar y ponle solución a tus problemas!

Alguien tenía que decírtelo. En parte siento tener que ser yo. Sabes que no me gusta que discutamos.

Espero que cuando te vuelva a ver me pongas esa sonrisa que sabes que me encanta.

Tuya,

L.S».

Aquella parecía una de las cartas más antiguas. No tenía fecha, pero el papel estaba bastante desgastado por los bordes y la tinta era algo más clara. Imaginó que había sido escrita en la época en la que Juan empezaba a estudiar en la universidad. No dudaba que el chico tenía una personalidad bien definida, pero sí era cierto que se aferraba a los consejos de Luisa como si fueran su salvación.  En cierto modo ella parecía ser su mayor apoyo para abandonar la empresa. Tal vez si no la hubiera conocido ni siquiera se lo hubiera planteado y esa podía ser la razón por la que a Fernando Villanueva la joven le interesaría muerta. Sería una forma de tener a su hijo centrado y concentrado en su trabajo sin ningún tipo de distracción. Para alguien con su poder sería muy fácil encubrir el asesinato o bien hacer que pareciera culpa de algún pobre desgraciado que no tuviera oficio ni beneficio.

Mientras reflexionaba esto, llamaron a la puerta.

 

—Disculpe — apareció Gonzalo —  una señorita desea verle.

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