CAPITULO 23

—Tiene mucho carácter esta chica.

—Cierto — respondió el inspector. — No cabe duda de que si su padre entrase en razón, Metales Villanueva estaría en las mejores manos.

— ¿Ha sacado algo en claro de ésta entrevista?

—No hay duda de que Cecilia quiere proteger a su familia a toda costa pero lo que ha conseguido es que en mi lista de sospechosos tenga que apuntar tres nombres más, el de sus tíos y el de ella misma.

—Le ha dicho que le daría toda clase de pruebas para probar su inocencia.

— ¿Y no te parece eso muy exagerado? Si realmente su familia no tiene nada que ver en el asunto deberían estar tranquilos. Además, las pruebas se pueden falsificar y amañar.

—Sí, pero si los rumores empiezan a rondar a la empresa, aunque sean inocentes, perderán prestigio y este incidente es algo que ni sus socios ni sus competidores olvidarán. Nada menos que la muerte de una joven.

—En eso estoy de acuerdo, pero aun así, piénsalo. Por un lado tenemos a sus tíos. Una de las frases que ha dicho Cecilia es clave, el libro se está vendiendo como churros desde la muerte de su autora, lo cual incrementa el patrimonio de sus  mecenas.

—Si me disculpa, también puedo rebatirle eso. ¿Por qué iban a matarla con solo un libro publicado? ¿Por qué no esperar a que tuviera por lo menos tres o cuatro? La gente  compraría todos, no solo uno. Ya sabe el morbo que suele dar a la población todas estas historias.

— ¿Y si por alguna razón tuvieran algún que otro fracaso con uno de sus múltiples negocios y necesitasen el dinero urgentemente? O bien, es posible que en realidad exista una continuación a la novela que escribió Luisa y que nosotros desconocemos. Por eso la mataron, porque ya obtuvieron de ella todo lo que querían.

—No lo sé inspector, disculpe  pero creo que se está usted emocionando en esto de teorizar. Registró la habitación de la joven y no encontró más que los papeles que tiene aquí desperdigados en su oficina. Los ha leído todos por lo menos dos veces y no hay nada que se parezca mínimamente a una novela. Lo más relevante que encontró en aquel cuarto fueron las cartas al joven Villanueva y ni eso parece ser una pista que nos lleve a nada concreto.

Viendo que su fiel agente parecía tener razón en todos sus argumentos. El inspector se sentó cansado y abatido en su vieja silla.

— ¿Qué me dice de Cecilia?

— ¿Por qué iba a ser ella la asesina?

— Quizá por celos o envidia de que otra mujer triunfara antes que ella.

—No lo veo como una razón de peso.

—No olvides que las razones de los asesinatos suelen ser celos, envidias, despechos…

— ¿Y por eso iba a venir ella misma aquí a la comisaría?

—Puede ser una buena forma de encubrirse.

— Lo más seguro sería quedar bajo la protección de su padre. Él lo arreglaría. Si su hija fuese la verdadera responsable de la muerte de Luisa Suárez, ya se habría encargado de formar una coartada creíble y de buscar alguien a quien echar las culpas.

—Hoy te da por llevarme la contraria en todo, Gonzalo.

—Simplemente le doy mi opinión. Con todos mis respetos señor.

—Eres un buen ayudante. El problema es que ahora mismo no sé por dónde coger el caso. Es un misterio. Todos parecen culpables y a la vez, todos pueden ser inocentes. No hay pistas, ni pruebas. ¡Nada! ¡Ni siquiera tenemos el cuerpo! Tal vez no esté muerta

El joven se alarmó — ¡Su padre afirma haberla reconocido!

—Sí, el mismo padre que parece querer ocultarnos información en los interrogatorios. Piénsalo. Era de noche y entre la oscuridad y la mar revuelta consiguieron, no solo ver el cuerpo, sino identificarlo pero ¿No pudieron recatarlo? Empieza a parecerme propio de ciencia ficción. Nuestros equipos tampoco han logrado encontrarlo.

—Pero usted vio un zapato

—No es una prueba concluyente.

— ¿Qué dice la prensa sobre esto?

—Hace unos días que no menta el suceso. La gente parece ir olvidándose poco a poco. Imagino que la empresa Villanueva estará detrás de los medios de comunicación vigilando.

— ¡Eso es censura! — exclamó el joven.

—Soborno más bien, diría yo. Y dado que no estamos en una época de especial auge económico, a nadie le viene mal un dinerillo extra. — suspiró.

—Yo creo que lo mejor será dejarlo pasar y que se archive el caso. Quizás no fue un asesinato y simplemente salió a pasear y se cayó por el barranco.

—De todas, esa es la teoría que menos me convence.

—Usted verá, pero debería de planteárselo. Esta investigación le está consumiendo.

 

—Puedes retirarte Gonzalo, ya pensaré que hacer.

 

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