CAPITULO 29

Los pasillos del enorme edificio de Metales Villanueva, bulliciosos con la claridad del día, presentaban un aspecto fantasmagórico iluminados por la luz de la luna. Sólo las antiguas fotografías colgadas en las paredes eran testigo de que alguien merodeaba sigilosamente por el corredor. Se deslizaba como una sombra ágil y silenciosa.

El inspector Sierra había logrado eludir la vigilancia y se había colado en las inmediaciones de la compañía. No había sido tarea fácil. Por un momento se recordó a sí mismo caminando entre las trincheras, aprovechando la oscuridad para burlar a la línea enemiga. Sacudió la cabeza para apartar aquellos recuerdos de su mente. No estaba en una guerra, se dijo a sí mismo, aunque lo que estaba haciendo no era legal y lo sabía. Siguió caminando.

Aquel día en comisaría las investigaciones habían vuelto a ser infructuosas. Se encontraban en un callejón sin salida. No tenían cuerpo ni pistas, tampoco orden de registro, por lo que, finalizada la tarde, el inspector decidió dar un paseo por los alrededores de la empresa de la familia de magnates. No tuvo que dar muchas vueltas para encontrar una pequeña puerta sin vigilancia. Parecía oculta por una pila de cajas y, aunque en aquel momento estaba franqueada por obreros que aún no habían terminado su jornada laboral, tal vez por la noche nadie se ocuparía de ella. Sabía que tanto las entradas principales como el apartadero de ferrocarril y la gran flota de camiones de gran tonelaje permanecían siempre custodiadas por motivos de seguridad pero, debido a la reducción de personal de los últimos años, probablemente las puertas de las oficinas solo estuvieran cerradas con llave. Sea como fuere, tenía que intentar entrar.

Esa noche cenó con Marieta y sus hijos haciendo un esfuerzo por tragarse la comida y aparentar normalidad. Escuchó las anécdotas de Sara intentando regatear en un mercado en el que casi no había existencias que comprar y cómo Carlos aceptaba con una mezcla de orgullo y resignación su eminente reclutamiento para el servicio militar. En cualquier otro momento, Sierra se hubiera mostrado muy interesado por la conversación con su familia pero, sentando a la mesa, no podía apartar su vista del reloj, cuyas manillas parecía no querer moverse.

Cuando toda la familia, por fin se hubo quedado dormida, se levantó de la cama y, poniéndose unos pantalones encima del pijama y una gabardina, abrió la puerta de su dormitorio.

—Será mejor que lleves una bufanda. Las noches de invierno son traicioneras. — Oyó la voz de su mujer. Él giró la cabeza sorprendido y la vio incorporada sobre la cama. —Haz lo que tengas que hacer para resolver este caso, pero vuelve sano y salvo a casa. —Le dijo antes de cerrar los ojos otra vez.

Con el corazón en un puño a sabiendas del riesgo que estaba tomando y del peligro que podía correr su familia si el fracasaba, abandonó su hogar.  Como un gato recorrió las solitarias calles de la villa y llegó a la portilla que había avistado unas horas antes. No había nadie alrededor.

Sacó una ganzúa de su bolsillo derecho y, unos minutos de trabajo más tarde, la puerta se abría ante él. Utilizó unas cerillas para alumbrarse hasta que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad. Aquel debía de ser el cuarto de las escobas, los uniformes y demás utensilios que colgaban sucios y desordenados de unos ganchos en las paredes. Al fondo de la pequeña estancia vio una escalera que daba a otra puerta. Giró la manilla con suavidad y esta se abrió lentamente. Fue a dar a la parte de la empresa que ya conocía gracias a su visita a Juan Villanueva hacía unos días. El corredor lleno de puertas que daban a los distintos despachos tenía un suelo de color verde que no se podía apreciar a aquellas horas. Las paredes estaban decoradas con cientos de fotos que parecían tomadas en los primeros años de su fundación. Le hubiera gustado pararse a observarlas con detenimiento pero aquel no era un viaje de placer. Miró los letreros de las puertas uno a uno hasta dar con el del joven empresario.

Utilizando de nuevo su alambre, se abrió paso hacia la estancia y cerró tras de sí.

No había tiempo que perder. Todo estaba aparentemente ordenado. Los papeles se amontonaban cuidadosamente encima de la mesa de roble que presidía la dependencia y no parecía haber en ellos nada que fuera del interés del inspector. Abrió el primer cajón del escritorio y lo primero que encontró fue el libro de la joven. Lo tomó en sus manos y un papel cayó en el suelo. Lo recogió apresuradamente y pudo reconocer en él la caligrafía de la chica.

«Querido Juan.

Las segundas partes son las buenas. No lo olvides.

Tuya:

L.S»

Aquella nota parecía reciente. Levantó la pequeña hoja para contemplarla a la luz de la luna y así comprobar que no estaba tan arrugada ni desgastada como las que él guardaba en comisaría. Si aquello no era ningún truco, entonces estaría en lo cierto y Luisa, antes de desaparecer, habría escrito una segunda parte de su obra, lo cual podría confirmar algunas de sus teorías, como por ejemplo que sus supuestos desinteresados mecenas se provechasen de la muerte de su protegida. Ahora la cuestión era ¿Dónde podría estar el manuscrito? Si se lo hubiera dejado a Juan, lo más probable sería encontrarlo en su casa o en aquel despacho. Miró a su alrededor en busca de alguna caja fuerte y, a falta de una, lo que vio fue un gran cuadro. Se acercó a él y lo movió ligeramente para comprobar que detrás se encontraba un portón blindando. Negó con la cabeza. El chico no sería tan tonto. Una caja fuerte sería el primer lugar en el que alguien buscaría. Se dirigió de nuevo hacia la mesa y, en medio del silencio sintió un crujido.

«Bingo»

Se agachó y apartó la alfombra que cubría el suelo de madera. Palpó todas las tablas de alrededor con suavidad hasta averiguar de dónde provenía aquel casi imperceptible chasquido. Una de ellas estaba suelta. Estaba a punto de levantarla con las uñas de los dedos cuando de repente una luz le cegó.

 

— ¿Quién anda ahí?

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