CAPÍTULO 30

El inspector, concentrado como estaba en la tabla de madera que parecía esconder algo importante, no oyó los pasos que se acercaban por el pasillo y, cuando sus ojos quedaron momentáneamente deslumbrados por una luz cegadora, el primer pensamiento que pasó por su mente fue que el propio Juan Villanueva le había descubierto con las manos en la masa. Cuál sería su sorpresa al escuchar la voz de una mujer.

— ¿Qué hace usted aquí inspector? — Con el aire de superioridad que la caracterizaba, Cecilia Villanueva se hallaba de pie, justo delante de él sosteniendo una lámpara de aceite en su mano izquierda. — ¿No se da cuenta que podría pedir a sus propios compañeros que le arrestaran de inmediato por allanamiento de morada?

En hombre se levantó lentamente y la miró a los ojos. — Señorita — le dijo — Podría yo hacerle la misma pregunta o ¿Acaso saben su padre y su hermano que visita sus despachos a estas horas de la madrugada?

—Esta es la empresa de mi familia. Tengo derecho a estar aquí.

—Derecho sí, pero permiso, permítame que lo ponga en duda.

La chica frunció el ceño — No ha respondido a mi pregunta ¿Qué hace aquí?

—Intento averiguar qué pasó con Luisa Suárez. Eso es todo.

— ¿En el despacho de mi hermano?

— Su hermano no está diciendo toda la verdad. Oculta algo y tengo que saber qué es. — Mientras hablaba, el inspector se preguntaba cómo, en presencia de la chica, iba a descubrir qué habría debajo de aquellos tablones de madera. Tenía que ingeniárselas de alguna forma puesto que volver una segunda noche sería demasiado arriesgado por su parte.

—Lo sé — dijo Cecilia ante la sorpresa del hombre —. Estos días está muy raro. Está nervioso e insoportable. A veces temo que decida tirarse él mismo por el precipicio al igual que su buena amiga — pronunció éstas últimas palabras con retintín. — Trama algo y no sé qué es. Temo por la empresa de mi familia y por eso estoy aquí.

Sorprendido por la sinceridad de la joven el hombre no supo si aquello sería un golpe de suerte o una trampa pero sea como fuere tenía que aprovechar la oportunidad, tal vez aquella noche pudiera llegar a ser mucho más productiva de lo que hubiera esperado.

— ¿Y qué está buscando exactamente?

— No estoy muy segura. Solo sé que Juan es muy metódico. Siempre apunta todo lo que hace o los planes que tiene. Ha de tener algún tipo de libro o agenda en la que revele cuáles son sus pensamientos o, lo que es más importante, cuáles serán sus próximos movimientos. He rebuscado en su cuarto esta tarde y allí no había nada. — Se quedó pensativa y de pronto preguntó — ¿Qué hacía usted en el suelo?

—Hay una tabla suelta — decidió arriesgarse —, creo que puede haber algo escondido justo debajo.

— ¿Y qué sugiere que es?

— Creo que Luisa escribió una segunda novela. Y quién se deshizo de ella estaba muy interesado, o bien en que no saliera a la luz para que no le perjudicase o bien en sacarla a la venta para poder ganar mucho dinero.

—Ambas teorías podrían relacionar a mi familia con la tragedia — respondió en tono gélido. —Creo recordar que ya le he dejado claro en una ocasión que deje de vincular sus investigaciones con los míos.

—Y yo creo recordar que usted me prometió una colaboración de la que aún no he tenido noticia. Me va a resultar muy difícil no relacionar a sus parientes o a usted misma con el caso teniendo en cuenta que la novela de la joven trata expresamente sobre ustedes. ¡Es la historia de cómo se fundó su empresa! ¡Todo el mundo lo sabe!

—Se cree muy listo, inspector. Con tantos años de profesión y sus… digamos, poco ortodoxos métodos, piensa que está por encima de los demás ¿Me equivoco? — El hombre intentó disimular una mueca de asombro —Me he informado bien. — Sonrió —Permítame que le aclare las ideas, viendo que ha hecho sus deberes y ha leído el libro. Nadie, repito, absolutamente nadie a parte de los miembros de mi familia saben los verdaderos entresijos de nuestra compañía. Es posible que Juan le contase algo a Luisa. La historia superficial, la que todo el mundo sabe: que mi abuelo en paz descanse, fue un hombre carente de preparación académica pero con un olfato innato para los negocios. Metales Villanueva fue su obra maestra y la culminación del sueño de su vida. Su proyecto empresarial que antes de la guerra llegó a contar con más de trescientos obreros, colocó a nuestra región en la vanguardia europea de los productos galvanizados en tiempos de bonanza. Los negocios que hizo, o dejó de hacer, con su socio no son competencia del pueblo.

—  ¡Así que es cierto! — exclamó — En la novela, aunque la metalúrgica la funda el personaje de Fernando, aparece un segundo hombre que comprará la mayoría de las acciones de la empresa y que, misteriosamente, muere hacía el final de la historia.

La chica se mordió el labio. — No se crea todo lo que lee.

— ¿Quién era ese hombre?

— Nadie que tenga que ver con la desaparición de Luisa. ¿Por qué no la investiga a ella, inspector? Por qué no indaga en su pasado, en su familia, en su prometido. La chica tenía muchos problemas ¿sabe? El libro era el menor de ellos.

—No estoy tan seguro de eso ¿Qué opinó su familia de la publicación?

—Entenderá que a mi padre no le hizo ninguna gracia. Obviamente las similitudes con nuestra empresa son grandes, pero nadie sabe, ni sabrá, a ciencia cierta qué es real o no, pues de eso trata la literatura. Algunos lo llaman engaño otros, ficción. Hay quien dice que grandes crímenes se encuentran escondidos detrás de grandes obras de arte pero sin pruebas, solo queda la duda. Recuerde que mis tíos financiaron el proyecto. No lo hubieran hecho si pudiera resultar perjudicial para sus cuñados y sobrinos. ¿Le parece bien esa explicación?

—Sólo por el momento. ¿Qué puede contarme de los problemas de Luisa? ¿Eran ustedes amigas?

—Esa es una historia algo más larga de contar.

 

—Tenemos tiempo — Era noche cerrada y aún quedaban unas cuantas horas para ver salir el sol. La chica suspiró y comenzó a hablar.

CAPITULO 29

Los pasillos del enorme edificio de Metales Villanueva, bulliciosos con la claridad del día, presentaban un aspecto fantasmagórico iluminados por la luz de la luna. Sólo las antiguas fotografías colgadas en las paredes eran testigo de que alguien merodeaba sigilosamente por el corredor. Se deslizaba como una sombra ágil y silenciosa.

El inspector Sierra había logrado eludir la vigilancia y se había colado en las inmediaciones de la compañía. No había sido tarea fácil. Por un momento se recordó a sí mismo caminando entre las trincheras, aprovechando la oscuridad para burlar a la línea enemiga. Sacudió la cabeza para apartar aquellos recuerdos de su mente. No estaba en una guerra, se dijo a sí mismo, aunque lo que estaba haciendo no era legal y lo sabía. Siguió caminando.

Aquel día en comisaría las investigaciones habían vuelto a ser infructuosas. Se encontraban en un callejón sin salida. No tenían cuerpo ni pistas, tampoco orden de registro, por lo que, finalizada la tarde, el inspector decidió dar un paseo por los alrededores de la empresa de la familia de magnates. No tuvo que dar muchas vueltas para encontrar una pequeña puerta sin vigilancia. Parecía oculta por una pila de cajas y, aunque en aquel momento estaba franqueada por obreros que aún no habían terminado su jornada laboral, tal vez por la noche nadie se ocuparía de ella. Sabía que tanto las entradas principales como el apartadero de ferrocarril y la gran flota de camiones de gran tonelaje permanecían siempre custodiadas por motivos de seguridad pero, debido a la reducción de personal de los últimos años, probablemente las puertas de las oficinas solo estuvieran cerradas con llave. Sea como fuere, tenía que intentar entrar.

Esa noche cenó con Marieta y sus hijos haciendo un esfuerzo por tragarse la comida y aparentar normalidad. Escuchó las anécdotas de Sara intentando regatear en un mercado en el que casi no había existencias que comprar y cómo Carlos aceptaba con una mezcla de orgullo y resignación su eminente reclutamiento para el servicio militar. En cualquier otro momento, Sierra se hubiera mostrado muy interesado por la conversación con su familia pero, sentando a la mesa, no podía apartar su vista del reloj, cuyas manillas parecía no querer moverse.

Cuando toda la familia, por fin se hubo quedado dormida, se levantó de la cama y, poniéndose unos pantalones encima del pijama y una gabardina, abrió la puerta de su dormitorio.

—Será mejor que lleves una bufanda. Las noches de invierno son traicioneras. — Oyó la voz de su mujer. Él giró la cabeza sorprendido y la vio incorporada sobre la cama. —Haz lo que tengas que hacer para resolver este caso, pero vuelve sano y salvo a casa. —Le dijo antes de cerrar los ojos otra vez.

Con el corazón en un puño a sabiendas del riesgo que estaba tomando y del peligro que podía correr su familia si el fracasaba, abandonó su hogar.  Como un gato recorrió las solitarias calles de la villa y llegó a la portilla que había avistado unas horas antes. No había nadie alrededor.

Sacó una ganzúa de su bolsillo derecho y, unos minutos de trabajo más tarde, la puerta se abría ante él. Utilizó unas cerillas para alumbrarse hasta que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad. Aquel debía de ser el cuarto de las escobas, los uniformes y demás utensilios que colgaban sucios y desordenados de unos ganchos en las paredes. Al fondo de la pequeña estancia vio una escalera que daba a otra puerta. Giró la manilla con suavidad y esta se abrió lentamente. Fue a dar a la parte de la empresa que ya conocía gracias a su visita a Juan Villanueva hacía unos días. El corredor lleno de puertas que daban a los distintos despachos tenía un suelo de color verde que no se podía apreciar a aquellas horas. Las paredes estaban decoradas con cientos de fotos que parecían tomadas en los primeros años de su fundación. Le hubiera gustado pararse a observarlas con detenimiento pero aquel no era un viaje de placer. Miró los letreros de las puertas uno a uno hasta dar con el del joven empresario.

Utilizando de nuevo su alambre, se abrió paso hacia la estancia y cerró tras de sí.

No había tiempo que perder. Todo estaba aparentemente ordenado. Los papeles se amontonaban cuidadosamente encima de la mesa de roble que presidía la dependencia y no parecía haber en ellos nada que fuera del interés del inspector. Abrió el primer cajón del escritorio y lo primero que encontró fue el libro de la joven. Lo tomó en sus manos y un papel cayó en el suelo. Lo recogió apresuradamente y pudo reconocer en él la caligrafía de la chica.

«Querido Juan.

Las segundas partes son las buenas. No lo olvides.

Tuya:

L.S»

Aquella nota parecía reciente. Levantó la pequeña hoja para contemplarla a la luz de la luna y así comprobar que no estaba tan arrugada ni desgastada como las que él guardaba en comisaría. Si aquello no era ningún truco, entonces estaría en lo cierto y Luisa, antes de desaparecer, habría escrito una segunda parte de su obra, lo cual podría confirmar algunas de sus teorías, como por ejemplo que sus supuestos desinteresados mecenas se provechasen de la muerte de su protegida. Ahora la cuestión era ¿Dónde podría estar el manuscrito? Si se lo hubiera dejado a Juan, lo más probable sería encontrarlo en su casa o en aquel despacho. Miró a su alrededor en busca de alguna caja fuerte y, a falta de una, lo que vio fue un gran cuadro. Se acercó a él y lo movió ligeramente para comprobar que detrás se encontraba un portón blindando. Negó con la cabeza. El chico no sería tan tonto. Una caja fuerte sería el primer lugar en el que alguien buscaría. Se dirigió de nuevo hacia la mesa y, en medio del silencio sintió un crujido.

«Bingo»

Se agachó y apartó la alfombra que cubría el suelo de madera. Palpó todas las tablas de alrededor con suavidad hasta averiguar de dónde provenía aquel casi imperceptible chasquido. Una de ellas estaba suelta. Estaba a punto de levantarla con las uñas de los dedos cuando de repente una luz le cegó.

 

— ¿Quién anda ahí?

CAPITULO 28

— ¿Juez Noriega? Soy el Inspector Sierra — dijo el hombre presentándose en el despacho del anciano juez y estrechándole la mano — .Gracias por recibirme a estas horas de la noche.

—Deduzco que ha de tratarse de algo de suma importancia.

—Así es. Como le expliqué brevemente por teléfono, vengo a pedirle una orden de registro para Juan Villanueva.

El hombre se quitó las gafas y dejándolas encima de la mesa pasó los dedos por sus cejas de forma pausada. — ¿Usted sabe de lo que está hablando? No puedo darle esa orden así como así. La familia de esos magnates hace que nuestra villa siga de una pieza y se recupere poco a poco después de la guerra.

—Pero…

—Pero pueden pasar dos cosas, inspector. Que la familia Villanueva se sienta sumamente ofendida por la realización de un registro en las instalaciones de su compañía y en su residencia privada y por lo tanto y, por culpa de la humillación, decida trasladarse a otro lugar, o bien que usted no encuentre nada sospechosos y yo sea destituido de mi cargo por incompetencia.

— ¿Y si encontramos algo? — Le interrumpió.

—En cualquier caso, malo para Villanueva y malo para nosotros ¿No se da cuenta? Especialmente para usted. No sólo su carrera se vería gravemente perjudicada si no que levantaría el odio de los ciudadanos si muerde la mano que les da de comer.

—Señor Noriega, apelo a su sentido de la justicia ¡Una joven ha desaparecido! Probablemente esté muerta.

— ¿Tienen su cuerpo?

—No…

— ¿Alguna prueba irrefutable?

—Tenemos un zapato.

— Un zapato que podría ser de cualquier señorita descuidada, mientras que su supuesta víctima podría, simplemente, haberse fugado simulando su muerte.

— ¿Por qué habría de hacer eso? — protestó —  He visto el desconsuelo de su familia.

—Corren tiempos oscuros, inspector. Acabamos de salir de una guerra, el país aún está resentido y muchas personas continúan desapareciendo cada día.

El policía suspiró — Veo que no voy a conseguir nada de esta visita, ¿Verdad?

—Tráigame algo mejor que ese zapato y prometo pensarme lo del registro. Eso es todo.

El inspector Sierra llegó a casa con la moral por los suelos. Llevaba casi una semana trabajando en el caso y no tenía nada más que un zapato negro que, ciertamente podría pertenecer a cualquier chica. Sentado en su desgastado sofá del salón, casi no se percató cuando Marieta apareció a su lado. La miró con tristeza.

—Creo que estoy perdiendo facultades.

Ella le cogió la mano y sonrió. — Siempre dices lo mismo. Cada vez que una investigación se complica, justo en el ecuador, afirmas que ya no puedes más o que no vas a ser capaz de resolverlo.

— ¡Eso no es cierto!

La mujer arqueó las cejas antes de soltar una carcajada. — ¿Recuerdas cuando quisiste abandonar el caso del asesinato de aquellos niños? ¿Y el robo de aquellas joyas a las que parecía habérselas tragado la tierra? ¡Los resolviste!

—Supongo que tuve suerte —Suspiró pensativo.

—Utilizaste tu instinto o ese don natural que tienes o que se yo… La conclusión es que esta vez será igual. Estoy segura. Hoy necesitas descansar y mañana lo verás todo con otros ojos.

Aquella noche no pudo dormir. Al contrario de lo que opinaba su mujer, él no tenía un don. Tal vez algo de intuición, pero no más. Si había resuelto aquellos casos en el pasado, gracias a los que había logrado considerables ascensos, fue debido a la utilización métodos poco ortodoxos. No estaba orgulloso, pero él creía en la justicia. Creía que cada cual debe pagar por sus pecados y, basándose en este principio, se había llegado a convencer de que el fin justifica los medios. Marieta no le conocía bien, sonrió en la oscuridad con amargura. Es verdad que era afable y paciente con las víctimas y siempre intentaba utilizar el razonamiento y la relación de hechos para esclarecer las complejas situaciones que en ocasiones se le presentaban pero, cuando todo esto fallaba optaba por saltarse leyes y procedimientos y tomarse la justica por su mano. “Un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer” y así, a base de violencia y sobornos indagaba en la vida de sus sospechosos. Ninguno le delataría jamás pues todos temen no solo por su vida, sino por la seguridad de sus familias.

Su astucia y sangre fría, fue lo que le ayudó a sobrevivir en la guerra y también pensó, lo que le ayudaría a resolver el entuerto de Luisa Suárez.

CAPITULO 26

Sentado en su cama, con la tenue luz de una lamparita y la tranquila respiración de Marieta tumbada a su lado solamente interrumpida por algún pequeño ronquido, el inspector Sierra contemplaba la portada de la novela de Luisa Suárez con intención de comenzar a leerla aquella misma noche. Había pasado los dos últimos días revisando a conciencia las cartas a Juan y aún no había tenido tiempo de ponerse con el pequeño tomo que tanta polémica había levantado.

Lo había comprado aquella misma mañana en una librería que había vuelto abrir después de los estragos de la guerra. La única que había sobrevivido en la villa.

—Escondimos todos los libros — le contaba el librero. — No dejamos más que los artículos de papelería imprescindibles para ir sobreviviendo hasta que no tuvimos más remedio que cerrar, porque nadie tenía dinero para comprar ni siquiera tinta y un plumín.

— ¿Qué hicieron con ellos?

— Los guardamos en cajas y los fuimos trasladando poco a poco al sótano que mi suegra tiene en su casa del pueblo. Sabe Dios que de dejarlos aquí, los hubiesen quemado.

El inspector había movido negativamente la cabeza suspirando. Cuántas historias dejaba a su paso la guerra, ninguna buena. — Estoy buscando el libro de Luisa Suárez  — dijo cambiando de tema, dándose cuenta por primera vez, que no sabía el título.

El hombre no pareció sorprendido —Ha sido lo más vendido en las últimas semanas. Pobre chica, que desgracia.

— ¿La conocía?

— Claro, desde hace años. Siendo jovencita venía a ojear los libros. Siempre pasaba un buen rato leyendo el resumen de los argumentos de unas novelas que no podía permitirse comprar. En alguna ocasión le presté alguno «Será nuestro secreto» le decía a la pequeña, cuya ansia de conocimientos superaba a la de muchos intelectuales. Ella siempre me los devolvía puntualmente y, no paraba de repetirme que algún día me lo compensaría.

— ¿Cuándo la vio por última vez?

— Poco antes de su desaparición. Vino a preguntarme cómo me iba el negocio. Nunca dejó de visitar mi tienda ¿Sabe? Y en cuanto empezó a ganar su propio dinero, compraba libros a menudo, además de material para escribir. No sé hasta qué punto lo hacía porque lo necesitase o como agradecimiento a la secreta amistad que durante años compartimos, pues sabe que mi hijo está enfermo y esta tienda es el único sustento que tenemos. — El hombre pareció emocionarse durante un instante y, de repente, frunció el ceño.

— ¿Sucede algo?

—«Todo mejorará». Fue lo que me dijo la última vez que la vi. «Conseguiré que sus ventas aumenten» afirmó. « ¿Cómo lo harás, chiquilla mía? – le respondí – La mayoría de la gente aún es pobre y muchos mendigan para comer». «Nadie se resiste a un buen misterio» Respondió guiñándome un ojo. Y, con las mismas, salió por la puerta y no la he vuelto a ver.

El inspector se sorprendió ante aquella última información ¿Tal vez Luisa conociera su destino? ¿Se habría planteado ser una autora mártir para que aumentasen sus ventas? Pero, ¿Con qué fin?

Miró la portada del libro que tenía en sus manos: «Sueños y cenizas» llevaba por título con letras grandes y doradas. Un buen nombre pensó, agresivo y esperanzador al mismo tiempo. Oportuno para aquellos tiempos de malestar social y fuerte represión. No le extrañó el éxito anterior a la desaparición de su autora. Si él hubiera sido un asiduo a la lectura, probablemente, también lo hubiera comprado.

Abrió el ejemplar y se sorprendió de que no hubiese ninguna dedicatoria, pues normalmente los escritores dedican sus obras a los seres allegados. Pasó las primeras hojas en blanco hasta dar con un prólogo que rezaba así:

«Una vez un joven tuvo un sueño. Se vislumbraba rey entre altas torres, soldado en armadura de metal y herrero forjador de destinos. Despertó empapado en sudor con la certeza de quien  se  sabe  conocedor de su suerte y, al amanecer, abandonó todo en pos de una ilusión.

El camino no fue fácil, desde luego. No faltó quien le tomara por loco, quien burlara sus esperanzas, quien deseara verle caer, pero él, sin agachar un solo instante la mirada, siguió su instinto y terminó por construir lo que se convertiría en un imperio amado y odiado a partes iguales.

Esta es la historia de su creación. La historia de un hombre y su familia y, sobretodo, un relato lleno de misterio y superación que demostrará que hasta las estructuras más sólidas quiebran y que, a veces, nuestro peor enemigo se encuentra, invisible, justo delante de nosotros»

 

Al amanecer, el inspector Sierra terminó el libro y suspiró. Justo antes de quedarse profundamente dormido un pensamiento cruzó su mente cómo un rayo: ahí estaba la prueba definitiva, unas pinceladas más y habría resuelto el misterio… o casi.

CAPITULO 25

El nudo en la garganta de Juan se hacía cada vez más grande. ¿Por qué Luisa no le había dicho nada sobre su boda? Revisó todas y cada una de las cartas que le había enviado aquel semestre y en ninguna de ellas se hacía alusión a “boda”, “novio”, “flores” o cualquier cosa relacionada con el tema. Se maldijo a sí mismo. Quizá era culpa suya, puede que no le hubiese prestado atención suficiente y ahora la hubiera perdido. A pesar de la obsesión que todos decían que sentía por la joven, la realidad era que Juan ocupaba gran parte de su tiempo en sus propios proyectos personales. Aquel último año había viajado cuando los exámenes y trabajos se lo habían permitido, había visitado personalmente y a escondidas de su padre a muchos de sus socios e incluso a alguno de sus rivales mientras pensaba si su propósito final sería unirse a todos ellos en favor de la empresa o destruirle a él. Luisa rondaba su cabeza de vez en cuando, pero Juan tenía ideas propias. Debía tenerlas, sobre todo desde que el futuro de él, en cierto modo había quedado vinculado al de la chica: Si el libro se publicaba, Juan asumiría su puesto al frente de la compañía, aquel era el trato que había hecho con su padre a espaldas de la chica. Había sido una decisión dura que había consultado con su tío Miguel y no le quedó más remedio que aceptar pues, si Fernando Villanueva se proponía hundirla, lo conseguiría. La felicidad de Luisa estaba en sus manos y, sinceramente, pensaba que aquella novela podría traer consigo más cosas buenas que malas. Respecto a lo de continuar en el negocio, Miguel le había prometido que hallarían una solución, ahora que su hermana estaba estudiando, si en unos años demostraba que era suficientemente capaz, quizás el corazón cada vez más viejo y arrugado de su padre terminase por ablandarse y entrar en razón permitiéndole liderar la compañía.

Aquella mañana todos los planes de Juan se habían ido al traste. Estaba tumbado en el jardín a la sombra de un árbol, cuando su tía Pilar apareció.

—Veo que te has enterado del matrimonio de Luisa.

— ¿Tú también lo sabías?

—Todo el pueblo lo sabe. Y ahora que su novela va a salir a la luz, son la comidilla de los vecinos.

—Vaya.

—Pero no te creas, Luisa no está especialmente contenta. Su futuro marido no la apoya. Y no creo que haya leído en su vida un miserable libro. No se imagina lo que significará para ella ser una de las primeras autoras en el país, el hombre piensa que una vez que se le pase el capricho será igual de tonta que todas las demás.

—Pues, conociendo a Luisa, lo lleva claro. Lo que yo no entiendo es por qué se casa con él. ¿Acaso le quiere?

— Los sentimientos pueden ser tan  misteriosos…

—Venga tía, no te pongas mística.

Pilar se rió. — Será mejor que se lo preguntes a ella. Vendrá a vernos ésta tarde a a tu tío y a mí aprovechando que tu padre no volverá hasta la noche. Quizá podáis hablar un rato.

Y así fue. Unas horas más tarde, la joven atravesaba el sendero que llevaba hasta la magnífica casa. Saludó a Miguel y a su esposa y se sentaron los tres en una mesa.

—Los trámites van viento en popa — dijo Miguel contento cogiendo una galleta para remojarla en su café.

— El libro ya está en la imprenta. En solo unos días verá la luz.

—Va a ser todo un escándalo.

Luisa sonrió — ¿Creéis que tendrá buena acogida?

—Desde luego que sí. A todas las mujeres les encantan las historias de amor y a los hombres les entusiasma un buen misterio.

— Me refiero al hecho de ser yo la autora.

—La verdad, tendrás que soportar de todo, Luisa. Habrá gente a quien le fascinen tú y tu forma de escribir. Otros te criticarán hasta que se les caiga la lengua. Lo que tienes que pensar es si eres feliz con lo que haces. Además, serás un ejemplo a seguir para muchas chicas.

—Eso me consuela mucho, gracias.

Más tarde, Juan apareció en la estancia. Saludó a sus tíos y a Luisa con seriedad. Éstos, discretamente pusieron una excusa para irse y dejarles solos.

— ¿Te parece bien si damos un paseo?

El jardín que rodeaba la casa era enorme. Tenía hasta un pequeño bosquecillo y una fuente de piedra. Paloma se encargaba de cuidarlo personalmente y de asegurarse de que no tuviera ningún defecto.

Después de media hora de conversación poniéndose al día de las cosas que habían hecho en los últimos seis meses, Juan no pudo aguantar más.

—De verdad que no entiendo qué le ves a Alejandro. Por más que lo pienso, no me entra en la cabeza.

—Es un hombre muy inteligente — respondió mirándole fijamente.

El chico la miró atónito y casi sintió que se mareaba. ¿Cómo iba a ser inteligente alguien que en la lista de pedidos de la tienda escribía  “Acen falta ielo”? De pronto la chica estalló en una carcajada.

— ¿De qué te ríes?

—De tu cara.

—¡No me hace ninguna gracia! No eres la misma de la que me despedí hace unos meses — protestó enfadado.

Ella se puso seria. — ¿Te crees que a mí me hace gracia casarme con ese cenutrio? ¡Soy yo la que va a tener que convivir con él!

—No entiendo por qué te tienes que casar con él.

—No me queda otra. Mi padre me lo ha puesto como condición para que publique el libro. Dice que es la única forma de que me convierta en una mujer medianamente respetada. Mi matrimonio hará efecto colchón al caos que producirá la publicación.

—Los padres y sus condiciones — Murmuró Juan

— ¿Qué?

—Nada…— suspiró —  Tu padre siempre ha sido un hombre justo.

—Y lo sigue siendo, pero ve que además mi hermana pequeña se va a casar antes que yo y eso, también es una deshonra.

— ¿Estamos acaso en la edad media?

—Lo parece — dijo apenada.

— ¿Por qué no me contaste nada?

— No quería disgustarte. Además tenías que sacar un buen curso y sabía que esto te distraería. No quiero que renuncies a tus sueños por mí. Se lo que has trabajado éste año. Además de tus cartas, tus tíos me han contado cosas sobre tus viajes y tus hazañas por el extranjero. Eso confirma mi teoría.

— ¿Qué teoría?

—Que eres brillante, Juan.  — Ambos sonrieron y se miraron fijamente unos segundos.

—Tengo otra pregunta ¿Por qué hoy se te veía tan contenta?

—Sabía que era el día de tu llegada.

Guardaron unos instantes de silencio antes de que el chico lo rompiera de nuevo.

— ¿Te trata bien?

—Define “Bien”

—Te… ¿te pega?

El rostro de Luisa se ensombreció — Lo intenta, aunque soy más rápida que él.

— ¡¿Qué?! — Gritó alarmado y furioso.

—Ésta mañana. Después de que te fueras, en un segundo en el que nos quedamos solos me dijo que no me acercase a ti y que quitase esa estúpida sonrisa que se me pone cuando apareces.  Intentó golpearme, pero soy más ágil que él y me aparté.

— ¡Le romperé todos los dientes!

— Y luego intentará rompérmelos él a mí, así que ni lo intentes.

— ¿Lo saben tus padres?

—No. Pero ¿Qué más da? Hoy día, cuando suceden estas cosas se entiende que es culpa de la mujer. Si también los golpes que me pueda dar se hiciesen públicos serían nada menos que otra forma más de humillarme.

Se quedaron callados un rato contemplando un cielo que se iba haciendo cada vez más oscuro.  Luisa apoyó la cabeza en el hombro de Juan.

—Como ves, me espera un futuro prometedor: Autora de éxito cuestionable que solo ha publicado un libro porque que vive atada por su marido.

—Eso no tiene por qué pasar.

—Tengo muchas probabilidades.

— A veces las estadísticas nos sorprenden. Además, hoy tú has arruinado mis planes.

— ¿Yo? — dijo ella con tristeza.

Juan sacó del bolsillo de la chaqueta la que había considerado la llave de su libertad. Ahora no estaba seguro si podría abrir alguna puerta, pero si no lo intentaba…

— ¿Es un anillo?

—Iba a pedirte que te casaras conmigo. Pero un mendrugo se me adelantó — intentó sonreír pero lo que en realidad salió de su boca fue una mueca muy forzada — pensé que esta sería la solución todos nuestros problemas. Llevo queriendo hacer esto años pero tenía que esperar a terminar mis estudios. Juntos podríamos… no sé, yo te apoyaría en todo y tú me ayudarías a abandonar la empresa de mi padre. Podríamos marcharnos a Europa, empezar una nueva vida. Tú podrías seguir escribiendo y dar clases y yo me buscaría un trabajo ¡De lo que sea! Algo que no pudiera dar de comer y… bueno, era sólo un sueño.

— ¡Pídemelo!

—Pero… ¡Ya estás prometida!

— ¡Da igual! ¡Pídemelo! Me comprometo contigo.

— ¿Vas a preparar tu boda con dos hombres?

—Pero sólo querré a uno

— ¿No será a Alejandro?

— ¡No! — dijo con una carcajada.

— ¿Y lo demás?

—Ya nos arreglaremos. Tenemos toda una vida por delante.

— Entonces ¿Quieres ca…?

Y antes de que terminase de formular la pregunta, Luisa le  había respondido con un beso. Pero no un beso en la mejilla como  había hecho años atrás. Le besó los labios suave y lentamente. No una, sino muchas veces. Juan perdió la noción del tiempo y pensó, por primera vez en su vida, que la felicidad tenía que ser aquello y si no, debía de estar muy cerca de alcanzarla.

 

Entre beso y beso, ninguno de los dos se percató de que, entre las sombras, alguien les observaba y no estaba contento, nada contento.

CAPITULO 23

—Tiene mucho carácter esta chica.

—Cierto — respondió el inspector. — No cabe duda de que si su padre entrase en razón, Metales Villanueva estaría en las mejores manos.

— ¿Ha sacado algo en claro de ésta entrevista?

—No hay duda de que Cecilia quiere proteger a su familia a toda costa pero lo que ha conseguido es que en mi lista de sospechosos tenga que apuntar tres nombres más, el de sus tíos y el de ella misma.

—Le ha dicho que le daría toda clase de pruebas para probar su inocencia.

— ¿Y no te parece eso muy exagerado? Si realmente su familia no tiene nada que ver en el asunto deberían estar tranquilos. Además, las pruebas se pueden falsificar y amañar.

—Sí, pero si los rumores empiezan a rondar a la empresa, aunque sean inocentes, perderán prestigio y este incidente es algo que ni sus socios ni sus competidores olvidarán. Nada menos que la muerte de una joven.

—En eso estoy de acuerdo, pero aun así, piénsalo. Por un lado tenemos a sus tíos. Una de las frases que ha dicho Cecilia es clave, el libro se está vendiendo como churros desde la muerte de su autora, lo cual incrementa el patrimonio de sus  mecenas.

—Si me disculpa, también puedo rebatirle eso. ¿Por qué iban a matarla con solo un libro publicado? ¿Por qué no esperar a que tuviera por lo menos tres o cuatro? La gente  compraría todos, no solo uno. Ya sabe el morbo que suele dar a la población todas estas historias.

— ¿Y si por alguna razón tuvieran algún que otro fracaso con uno de sus múltiples negocios y necesitasen el dinero urgentemente? O bien, es posible que en realidad exista una continuación a la novela que escribió Luisa y que nosotros desconocemos. Por eso la mataron, porque ya obtuvieron de ella todo lo que querían.

—No lo sé inspector, disculpe  pero creo que se está usted emocionando en esto de teorizar. Registró la habitación de la joven y no encontró más que los papeles que tiene aquí desperdigados en su oficina. Los ha leído todos por lo menos dos veces y no hay nada que se parezca mínimamente a una novela. Lo más relevante que encontró en aquel cuarto fueron las cartas al joven Villanueva y ni eso parece ser una pista que nos lleve a nada concreto.

Viendo que su fiel agente parecía tener razón en todos sus argumentos. El inspector se sentó cansado y abatido en su vieja silla.

— ¿Qué me dice de Cecilia?

— ¿Por qué iba a ser ella la asesina?

— Quizá por celos o envidia de que otra mujer triunfara antes que ella.

—No lo veo como una razón de peso.

—No olvides que las razones de los asesinatos suelen ser celos, envidias, despechos…

— ¿Y por eso iba a venir ella misma aquí a la comisaría?

—Puede ser una buena forma de encubrirse.

— Lo más seguro sería quedar bajo la protección de su padre. Él lo arreglaría. Si su hija fuese la verdadera responsable de la muerte de Luisa Suárez, ya se habría encargado de formar una coartada creíble y de buscar alguien a quien echar las culpas.

—Hoy te da por llevarme la contraria en todo, Gonzalo.

—Simplemente le doy mi opinión. Con todos mis respetos señor.

—Eres un buen ayudante. El problema es que ahora mismo no sé por dónde coger el caso. Es un misterio. Todos parecen culpables y a la vez, todos pueden ser inocentes. No hay pistas, ni pruebas. ¡Nada! ¡Ni siquiera tenemos el cuerpo! Tal vez no esté muerta

El joven se alarmó — ¡Su padre afirma haberla reconocido!

—Sí, el mismo padre que parece querer ocultarnos información en los interrogatorios. Piénsalo. Era de noche y entre la oscuridad y la mar revuelta consiguieron, no solo ver el cuerpo, sino identificarlo pero ¿No pudieron recatarlo? Empieza a parecerme propio de ciencia ficción. Nuestros equipos tampoco han logrado encontrarlo.

—Pero usted vio un zapato

—No es una prueba concluyente.

— ¿Qué dice la prensa sobre esto?

—Hace unos días que no menta el suceso. La gente parece ir olvidándose poco a poco. Imagino que la empresa Villanueva estará detrás de los medios de comunicación vigilando.

— ¡Eso es censura! — exclamó el joven.

—Soborno más bien, diría yo. Y dado que no estamos en una época de especial auge económico, a nadie le viene mal un dinerillo extra. — suspiró.

—Yo creo que lo mejor será dejarlo pasar y que se archive el caso. Quizás no fue un asesinato y simplemente salió a pasear y se cayó por el barranco.

—De todas, esa es la teoría que menos me convence.

—Usted verá, pero debería de planteárselo. Esta investigación le está consumiendo.

 

—Puedes retirarte Gonzalo, ya pensaré que hacer.

 

CAPÍTULO 22

— Hazla pasar Gonzalo, por favor  — dichas estas palabras apareció por la puerta una joven de deslumbrante belleza. Cecilia Villanueva se hallaba delante de él con el aire de superioridad y cierta arrogancia, que le caracterizaba pese a su juventud. La había visto la tarde anterior en el despacho de su hermano, pero allí, en medio de su rústica oficina parecía un ser totalmente fuera de lugar. A pesar de todo no parecía sentirse en absoluto incómoda, más bien era el propio inspector quien estaba un poco abochornado por el desorden y el olor a cerrado con el que la recibía. Apartó un montón de papeles de una silla y la invitó a sentarse.

— ¿A qué debo su visita? —Preguntó.

—Como pudo observar  ayer, mi padre no me dejó participar en la entrevista que le hizo usted a mi hermano y creo que tengo información que podría serle útil en su investigación.

—Le escucho.

—Bien. Primeramente, quería asegurarme de si sabe usted si está realizando la búsqueda de la persona que mató Luisa Suárez en el lugar adecuado, es decir, básicamente vengo a explicarle de la forma más clara posible que lo que a mi familia respecta, somos inocentes. Metales Villanueva nada tiene que ver con la desaparición y muerte de esa mujer. Creo que mi padre se lo ha dejado bastante claro, pero por si todavía le quedan dudas, me ofrezco voluntaria para proporcionarle toda clase de datos que le puedan ser de utilidad.

— Se lo agradezco mucho señorita Villanueva — dijo el inspector un tanto incrédulo ante el tono autoritario de la chica. — ¿Podría decirme si usted tenía algún tipo de relación con la fallecida?

A Cecilia esa pregunta le pilló totalmente desprevenida. — Fuimos amigas durante un tiempo — Respondió secamente. Al ver que el hombre esperaba en silencio continuó hablando. — Conocí a Luisa hace unos tres años cuando empezaron a tramitar la publicación de su libro. Ella y yo no éramos tan diferentes ¿Sabe? Dos mujeres que aspiran a sueños casi imposibles en un mundo de hombres y una época de posguerra. Manteníamos una buena relación que continuaba por correspondencia cuando pude irme a estudiar a Francia.

— ¿Conserva aún esas cartas?

—No — respondió tajante.

—Desde su punto de vista, ¿Qué relación mantenía con su hermano?

— No me gusta meterme en las relaciones personales, señor, creo que eso es algo de cada uno pero en mi opinión, estuvieron enamorados un tiempo. Años quizás. No obstante, mi hermano pasó mucho tiempo fuera de casa y ella se comprometió con otro hombre. Esas cosas a veces superan al amor más fuerte.

— ¿Conoce  al que iba a ser el marido de su amiga?

—No. Nunca hablaba de él. Puede que ni si quiera la tratara bien. Eso es algo que nunca llegó a contarme.

— ¿Y no se preocupaba usted?

—En absoluto. Luisa era una mujer fuerte que sabía cuidarse sola.

—Parece que no le fue muy bien.

—Uno nunca sabe en qué momento la vida le va a sorprender.

—Cierto. ¿Y qué me dice de sus tíos? Era los… digamos, mecenas de la joven. ¿No es extraño que se hayan ofrecido a avalarla sin recibir nada a cambio?

—Creo que esa es una pregunta un tanto grosera por su parte. Mi familia tiene una enorme fortuna. Para ellos respaldar a esa chica no era más que otro de sus negocios y, por supuesto, terminarían recibiendo beneficios económicos ¿Acaso no sabe la cantidad dinero que aportará esa novela a su patrimonio? No solo por su revolucionario argumento o porque esté escrito por una mujer y eso cause una gran conmoción en los tiempos que corren, ahora que su autora ha muerto de forma trágica el libro se vende como churros.

—Interesante… Esto sitúa, señorita, a sus tíos en una posición complicada. Tal vez sean los más beneficiados por la muerte de la joven y casualmente ahora se encuentran fuera del país.

La chica dio un respingo — No es conveniente para un perro morder la mano que le da de comer —  respondió  —Las cosas a veces no son lo que parecen. Dese cuenta de que ha pasado algo más de un año desde la publicación de la novela y muchas cosas en la vida de Luisa habían cambiado. Si yo fuera usted, hágame caso, investigue a algún familiar de la joven o bien al que estuvo a punto de ser su marido. Mi familia no ha tenido nada que ver. He venido aquí para salvaguardar su honor —tomó aire — .Y una cosa más, le ruego no le diga a mi padre que hemos tenido esta conversación. Le daré todas las pruebas que necesite y pueda conseguir pero, no me gustaría verle por nuestras oficinas más de lo necesario. Le voy a estar vigilando y no se deje guiar por mi juventud. Sólo le aviso de que mi padre es la persona más comprensiva y paciente en comparación conmigo.

Dicho esto se levantó de la silla y se dirigió hacia la salida. Gonzalo, que había permanecido de pie al fondo de la estancia le abrió la puerta y ambos se miraron un momento.