CAPITULO 28

— ¿Juez Noriega? Soy el Inspector Sierra — dijo el hombre presentándose en el despacho del anciano juez y estrechándole la mano — .Gracias por recibirme a estas horas de la noche.

—Deduzco que ha de tratarse de algo de suma importancia.

—Así es. Como le expliqué brevemente por teléfono, vengo a pedirle una orden de registro para Juan Villanueva.

El hombre se quitó las gafas y dejándolas encima de la mesa pasó los dedos por sus cejas de forma pausada. — ¿Usted sabe de lo que está hablando? No puedo darle esa orden así como así. La familia de esos magnates hace que nuestra villa siga de una pieza y se recupere poco a poco después de la guerra.

—Pero…

—Pero pueden pasar dos cosas, inspector. Que la familia Villanueva se sienta sumamente ofendida por la realización de un registro en las instalaciones de su compañía y en su residencia privada y por lo tanto y, por culpa de la humillación, decida trasladarse a otro lugar, o bien que usted no encuentre nada sospechosos y yo sea destituido de mi cargo por incompetencia.

— ¿Y si encontramos algo? — Le interrumpió.

—En cualquier caso, malo para Villanueva y malo para nosotros ¿No se da cuenta? Especialmente para usted. No sólo su carrera se vería gravemente perjudicada si no que levantaría el odio de los ciudadanos si muerde la mano que les da de comer.

—Señor Noriega, apelo a su sentido de la justicia ¡Una joven ha desaparecido! Probablemente esté muerta.

— ¿Tienen su cuerpo?

—No…

— ¿Alguna prueba irrefutable?

—Tenemos un zapato.

— Un zapato que podría ser de cualquier señorita descuidada, mientras que su supuesta víctima podría, simplemente, haberse fugado simulando su muerte.

— ¿Por qué habría de hacer eso? — protestó —  He visto el desconsuelo de su familia.

—Corren tiempos oscuros, inspector. Acabamos de salir de una guerra, el país aún está resentido y muchas personas continúan desapareciendo cada día.

El policía suspiró — Veo que no voy a conseguir nada de esta visita, ¿Verdad?

—Tráigame algo mejor que ese zapato y prometo pensarme lo del registro. Eso es todo.

El inspector Sierra llegó a casa con la moral por los suelos. Llevaba casi una semana trabajando en el caso y no tenía nada más que un zapato negro que, ciertamente podría pertenecer a cualquier chica. Sentado en su desgastado sofá del salón, casi no se percató cuando Marieta apareció a su lado. La miró con tristeza.

—Creo que estoy perdiendo facultades.

Ella le cogió la mano y sonrió. — Siempre dices lo mismo. Cada vez que una investigación se complica, justo en el ecuador, afirmas que ya no puedes más o que no vas a ser capaz de resolverlo.

— ¡Eso no es cierto!

La mujer arqueó las cejas antes de soltar una carcajada. — ¿Recuerdas cuando quisiste abandonar el caso del asesinato de aquellos niños? ¿Y el robo de aquellas joyas a las que parecía habérselas tragado la tierra? ¡Los resolviste!

—Supongo que tuve suerte —Suspiró pensativo.

—Utilizaste tu instinto o ese don natural que tienes o que se yo… La conclusión es que esta vez será igual. Estoy segura. Hoy necesitas descansar y mañana lo verás todo con otros ojos.

Aquella noche no pudo dormir. Al contrario de lo que opinaba su mujer, él no tenía un don. Tal vez algo de intuición, pero no más. Si había resuelto aquellos casos en el pasado, gracias a los que había logrado considerables ascensos, fue debido a la utilización métodos poco ortodoxos. No estaba orgulloso, pero él creía en la justicia. Creía que cada cual debe pagar por sus pecados y, basándose en este principio, se había llegado a convencer de que el fin justifica los medios. Marieta no le conocía bien, sonrió en la oscuridad con amargura. Es verdad que era afable y paciente con las víctimas y siempre intentaba utilizar el razonamiento y la relación de hechos para esclarecer las complejas situaciones que en ocasiones se le presentaban pero, cuando todo esto fallaba optaba por saltarse leyes y procedimientos y tomarse la justica por su mano. “Un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer” y así, a base de violencia y sobornos indagaba en la vida de sus sospechosos. Ninguno le delataría jamás pues todos temen no solo por su vida, sino por la seguridad de sus familias.

Su astucia y sangre fría, fue lo que le ayudó a sobrevivir en la guerra y también pensó, lo que le ayudaría a resolver el entuerto de Luisa Suárez.

CAPITULO 27

— ¿Pero no lo ves, Gonzalo? —Vociferaba el inspector en comisaría aquella tarde.

— Lo veo, señor. Veo el libro porque lleva usted gesticulando con él en la mano durante los últimos veinte minutos. Pero no comparto su opinión.

—Esta novela cuanta la historia de cómo se creó Metales Villanueva con todo lujo de detalles.

—Pero no pone nombres.

—Pero hombre, por Dios — suspiró secándose el sudor de la frente — ¡Utiliza pseudónimos! He pasado la mañana buscando a personas de la generación de Fernando Villanueva I y, a pesar de que la búsqueda ha sido muy infructuosa dado que el hombre ahora tendría casi cien años y prácticamente ningún anciano tan longevo ha sobrevivido a la guerra, los hijos sí que recordaban el relato contado por sus padres: la historia de cómo se fundó el gran imperio que hizo resurgir a nuestra Villa.

—Pero lo que no entiendo es, si todo el mundo conocía ya esa narración ¿Qué es lo que la ha hecho tan famosa?

—El pueblo conoce la parte romántica: El hombre que persigue su sueño y lucha contra viento y marea en busca de un futuro mejor para los suyos. Pero lo que era ignorado hasta ahora son las frivolidades y los negocios sucios que Fernando Villanueva, padre e hijo, se han traído entre manos durante todos estos años y que esta joven escritora ha gritado a los cuatro vientos.

—Pero señor, según las cartas que Luisa le enviaba a Juan Villanueva podemos determinar que les unía una gran amistad. Es posible que el chico le hablara de su familia y ella, con su imaginación de escritora, se inventase lo demás. Por eso el rechazo que su padre sentía hacia ella, porque aunque la historia no era la misma, las personas de los alrededores podrían pensar lo contrario. Y lo que es peor, sus socios, sus competidores, sus acreedores… Esa novela podría caer en sus manos y, de hecho, seguramente lo hizo sembrando lo peor para un carismático hombre de negocios: la desconfianza.

— Una tesis muy elaborada, Gonzalo. Y bien pensado, pero se de lo que hablo — respondió descolgando el teléfono.

— ¿Qué hace? —preguntó el joven alarmado.

—Llamo al juez. Voy a pedirle una orden de registro.

— ¿Para la compañía? ¡Eso es de locos! Ni siquiera tenemos agentes suficientes para registrar la empresa entera. Podríamos tardar meses, eso por no hablar de las penosas consecuencias que podría traer si no encontrásemos nada.

—Tranquilo chico —Dijo levantando el auricular y haciendo girar la rueda del teléfono —, la orden será solo para el despacho de Juan y, con un poco de suerte también para sus habitaciones personales en su lugar de residencia privada.

—Creo que no le interesaría tener a Juan Villanueva en su contra, señor — replicó con mucha seriedad.

El inspector miró gélidamente a su subordinado —Creo, Gonzalo, que a quién no le interesa tener a la policía en su contra es a él. Dime una cosa, ¿Has leído el libro?

—Hace tiempo. Antes de este trágico suceso un compañero me lo prestó pero lo he revisado estos días por su pudiéramos obtener alguna pista.

— ¿Y no hay nada que te haya llamado especialmente la atención?

—Bueno… conociendo ahora la extraña amistad que unía a los dos jóvenes, he llegado a la conclusión de que tal vez ella utilizó la literatura como vía de escape. Quiero decir, en la novela también hay una historia de amor imposible y, si bien Luisa y Juan no han podido estar juntos en la realidad, pasarán a la historia como una pareja de amantes literarios. Al fin y al cabo, esa es una de las funciones de la literatura ¿No? La de hacer posible lo imposible.

—Muy bonito ¿Pero no te sorprende que al final la chica protagonista muere?

—No me ha parecido un factor especialmente relevante, dado que en todas las historias de misterios y corrupción siempre hay alguien que paga el pato — se encogió de hombros.

El hombre negó con la cabeza — Josefina, el personaje estrella de la novela, termina su vida precipitándose por un barranco. Y ¿Recuerdas qué fue lo que quedó de ella?

 

—Solo un zapato.

CAPITULO 26

Sentado en su cama, con la tenue luz de una lamparita y la tranquila respiración de Marieta tumbada a su lado solamente interrumpida por algún pequeño ronquido, el inspector Sierra contemplaba la portada de la novela de Luisa Suárez con intención de comenzar a leerla aquella misma noche. Había pasado los dos últimos días revisando a conciencia las cartas a Juan y aún no había tenido tiempo de ponerse con el pequeño tomo que tanta polémica había levantado.

Lo había comprado aquella misma mañana en una librería que había vuelto abrir después de los estragos de la guerra. La única que había sobrevivido en la villa.

—Escondimos todos los libros — le contaba el librero. — No dejamos más que los artículos de papelería imprescindibles para ir sobreviviendo hasta que no tuvimos más remedio que cerrar, porque nadie tenía dinero para comprar ni siquiera tinta y un plumín.

— ¿Qué hicieron con ellos?

— Los guardamos en cajas y los fuimos trasladando poco a poco al sótano que mi suegra tiene en su casa del pueblo. Sabe Dios que de dejarlos aquí, los hubiesen quemado.

El inspector había movido negativamente la cabeza suspirando. Cuántas historias dejaba a su paso la guerra, ninguna buena. — Estoy buscando el libro de Luisa Suárez  — dijo cambiando de tema, dándose cuenta por primera vez, que no sabía el título.

El hombre no pareció sorprendido —Ha sido lo más vendido en las últimas semanas. Pobre chica, que desgracia.

— ¿La conocía?

— Claro, desde hace años. Siendo jovencita venía a ojear los libros. Siempre pasaba un buen rato leyendo el resumen de los argumentos de unas novelas que no podía permitirse comprar. En alguna ocasión le presté alguno «Será nuestro secreto» le decía a la pequeña, cuya ansia de conocimientos superaba a la de muchos intelectuales. Ella siempre me los devolvía puntualmente y, no paraba de repetirme que algún día me lo compensaría.

— ¿Cuándo la vio por última vez?

— Poco antes de su desaparición. Vino a preguntarme cómo me iba el negocio. Nunca dejó de visitar mi tienda ¿Sabe? Y en cuanto empezó a ganar su propio dinero, compraba libros a menudo, además de material para escribir. No sé hasta qué punto lo hacía porque lo necesitase o como agradecimiento a la secreta amistad que durante años compartimos, pues sabe que mi hijo está enfermo y esta tienda es el único sustento que tenemos. — El hombre pareció emocionarse durante un instante y, de repente, frunció el ceño.

— ¿Sucede algo?

—«Todo mejorará». Fue lo que me dijo la última vez que la vi. «Conseguiré que sus ventas aumenten» afirmó. « ¿Cómo lo harás, chiquilla mía? – le respondí – La mayoría de la gente aún es pobre y muchos mendigan para comer». «Nadie se resiste a un buen misterio» Respondió guiñándome un ojo. Y, con las mismas, salió por la puerta y no la he vuelto a ver.

El inspector se sorprendió ante aquella última información ¿Tal vez Luisa conociera su destino? ¿Se habría planteado ser una autora mártir para que aumentasen sus ventas? Pero, ¿Con qué fin?

Miró la portada del libro que tenía en sus manos: «Sueños y cenizas» llevaba por título con letras grandes y doradas. Un buen nombre pensó, agresivo y esperanzador al mismo tiempo. Oportuno para aquellos tiempos de malestar social y fuerte represión. No le extrañó el éxito anterior a la desaparición de su autora. Si él hubiera sido un asiduo a la lectura, probablemente, también lo hubiera comprado.

Abrió el ejemplar y se sorprendió de que no hubiese ninguna dedicatoria, pues normalmente los escritores dedican sus obras a los seres allegados. Pasó las primeras hojas en blanco hasta dar con un prólogo que rezaba así:

«Una vez un joven tuvo un sueño. Se vislumbraba rey entre altas torres, soldado en armadura de metal y herrero forjador de destinos. Despertó empapado en sudor con la certeza de quien  se  sabe  conocedor de su suerte y, al amanecer, abandonó todo en pos de una ilusión.

El camino no fue fácil, desde luego. No faltó quien le tomara por loco, quien burlara sus esperanzas, quien deseara verle caer, pero él, sin agachar un solo instante la mirada, siguió su instinto y terminó por construir lo que se convertiría en un imperio amado y odiado a partes iguales.

Esta es la historia de su creación. La historia de un hombre y su familia y, sobretodo, un relato lleno de misterio y superación que demostrará que hasta las estructuras más sólidas quiebran y que, a veces, nuestro peor enemigo se encuentra, invisible, justo delante de nosotros»

 

Al amanecer, el inspector Sierra terminó el libro y suspiró. Justo antes de quedarse profundamente dormido un pensamiento cruzó su mente cómo un rayo: ahí estaba la prueba definitiva, unas pinceladas más y habría resuelto el misterio… o casi.

CAPITULO 25

El nudo en la garganta de Juan se hacía cada vez más grande. ¿Por qué Luisa no le había dicho nada sobre su boda? Revisó todas y cada una de las cartas que le había enviado aquel semestre y en ninguna de ellas se hacía alusión a “boda”, “novio”, “flores” o cualquier cosa relacionada con el tema. Se maldijo a sí mismo. Quizá era culpa suya, puede que no le hubiese prestado atención suficiente y ahora la hubiera perdido. A pesar de la obsesión que todos decían que sentía por la joven, la realidad era que Juan ocupaba gran parte de su tiempo en sus propios proyectos personales. Aquel último año había viajado cuando los exámenes y trabajos se lo habían permitido, había visitado personalmente y a escondidas de su padre a muchos de sus socios e incluso a alguno de sus rivales mientras pensaba si su propósito final sería unirse a todos ellos en favor de la empresa o destruirle a él. Luisa rondaba su cabeza de vez en cuando, pero Juan tenía ideas propias. Debía tenerlas, sobre todo desde que el futuro de él, en cierto modo había quedado vinculado al de la chica: Si el libro se publicaba, Juan asumiría su puesto al frente de la compañía, aquel era el trato que había hecho con su padre a espaldas de la chica. Había sido una decisión dura que había consultado con su tío Miguel y no le quedó más remedio que aceptar pues, si Fernando Villanueva se proponía hundirla, lo conseguiría. La felicidad de Luisa estaba en sus manos y, sinceramente, pensaba que aquella novela podría traer consigo más cosas buenas que malas. Respecto a lo de continuar en el negocio, Miguel le había prometido que hallarían una solución, ahora que su hermana estaba estudiando, si en unos años demostraba que era suficientemente capaz, quizás el corazón cada vez más viejo y arrugado de su padre terminase por ablandarse y entrar en razón permitiéndole liderar la compañía.

Aquella mañana todos los planes de Juan se habían ido al traste. Estaba tumbado en el jardín a la sombra de un árbol, cuando su tía Pilar apareció.

—Veo que te has enterado del matrimonio de Luisa.

— ¿Tú también lo sabías?

—Todo el pueblo lo sabe. Y ahora que su novela va a salir a la luz, son la comidilla de los vecinos.

—Vaya.

—Pero no te creas, Luisa no está especialmente contenta. Su futuro marido no la apoya. Y no creo que haya leído en su vida un miserable libro. No se imagina lo que significará para ella ser una de las primeras autoras en el país, el hombre piensa que una vez que se le pase el capricho será igual de tonta que todas las demás.

—Pues, conociendo a Luisa, lo lleva claro. Lo que yo no entiendo es por qué se casa con él. ¿Acaso le quiere?

— Los sentimientos pueden ser tan  misteriosos…

—Venga tía, no te pongas mística.

Pilar se rió. — Será mejor que se lo preguntes a ella. Vendrá a vernos ésta tarde a a tu tío y a mí aprovechando que tu padre no volverá hasta la noche. Quizá podáis hablar un rato.

Y así fue. Unas horas más tarde, la joven atravesaba el sendero que llevaba hasta la magnífica casa. Saludó a Miguel y a su esposa y se sentaron los tres en una mesa.

—Los trámites van viento en popa — dijo Miguel contento cogiendo una galleta para remojarla en su café.

— El libro ya está en la imprenta. En solo unos días verá la luz.

—Va a ser todo un escándalo.

Luisa sonrió — ¿Creéis que tendrá buena acogida?

—Desde luego que sí. A todas las mujeres les encantan las historias de amor y a los hombres les entusiasma un buen misterio.

— Me refiero al hecho de ser yo la autora.

—La verdad, tendrás que soportar de todo, Luisa. Habrá gente a quien le fascinen tú y tu forma de escribir. Otros te criticarán hasta que se les caiga la lengua. Lo que tienes que pensar es si eres feliz con lo que haces. Además, serás un ejemplo a seguir para muchas chicas.

—Eso me consuela mucho, gracias.

Más tarde, Juan apareció en la estancia. Saludó a sus tíos y a Luisa con seriedad. Éstos, discretamente pusieron una excusa para irse y dejarles solos.

— ¿Te parece bien si damos un paseo?

El jardín que rodeaba la casa era enorme. Tenía hasta un pequeño bosquecillo y una fuente de piedra. Paloma se encargaba de cuidarlo personalmente y de asegurarse de que no tuviera ningún defecto.

Después de media hora de conversación poniéndose al día de las cosas que habían hecho en los últimos seis meses, Juan no pudo aguantar más.

—De verdad que no entiendo qué le ves a Alejandro. Por más que lo pienso, no me entra en la cabeza.

—Es un hombre muy inteligente — respondió mirándole fijamente.

El chico la miró atónito y casi sintió que se mareaba. ¿Cómo iba a ser inteligente alguien que en la lista de pedidos de la tienda escribía  “Acen falta ielo”? De pronto la chica estalló en una carcajada.

— ¿De qué te ríes?

—De tu cara.

—¡No me hace ninguna gracia! No eres la misma de la que me despedí hace unos meses — protestó enfadado.

Ella se puso seria. — ¿Te crees que a mí me hace gracia casarme con ese cenutrio? ¡Soy yo la que va a tener que convivir con él!

—No entiendo por qué te tienes que casar con él.

—No me queda otra. Mi padre me lo ha puesto como condición para que publique el libro. Dice que es la única forma de que me convierta en una mujer medianamente respetada. Mi matrimonio hará efecto colchón al caos que producirá la publicación.

—Los padres y sus condiciones — Murmuró Juan

— ¿Qué?

—Nada…— suspiró —  Tu padre siempre ha sido un hombre justo.

—Y lo sigue siendo, pero ve que además mi hermana pequeña se va a casar antes que yo y eso, también es una deshonra.

— ¿Estamos acaso en la edad media?

—Lo parece — dijo apenada.

— ¿Por qué no me contaste nada?

— No quería disgustarte. Además tenías que sacar un buen curso y sabía que esto te distraería. No quiero que renuncies a tus sueños por mí. Se lo que has trabajado éste año. Además de tus cartas, tus tíos me han contado cosas sobre tus viajes y tus hazañas por el extranjero. Eso confirma mi teoría.

— ¿Qué teoría?

—Que eres brillante, Juan.  — Ambos sonrieron y se miraron fijamente unos segundos.

—Tengo otra pregunta ¿Por qué hoy se te veía tan contenta?

—Sabía que era el día de tu llegada.

Guardaron unos instantes de silencio antes de que el chico lo rompiera de nuevo.

— ¿Te trata bien?

—Define “Bien”

—Te… ¿te pega?

El rostro de Luisa se ensombreció — Lo intenta, aunque soy más rápida que él.

— ¡¿Qué?! — Gritó alarmado y furioso.

—Ésta mañana. Después de que te fueras, en un segundo en el que nos quedamos solos me dijo que no me acercase a ti y que quitase esa estúpida sonrisa que se me pone cuando apareces.  Intentó golpearme, pero soy más ágil que él y me aparté.

— ¡Le romperé todos los dientes!

— Y luego intentará rompérmelos él a mí, así que ni lo intentes.

— ¿Lo saben tus padres?

—No. Pero ¿Qué más da? Hoy día, cuando suceden estas cosas se entiende que es culpa de la mujer. Si también los golpes que me pueda dar se hiciesen públicos serían nada menos que otra forma más de humillarme.

Se quedaron callados un rato contemplando un cielo que se iba haciendo cada vez más oscuro.  Luisa apoyó la cabeza en el hombro de Juan.

—Como ves, me espera un futuro prometedor: Autora de éxito cuestionable que solo ha publicado un libro porque que vive atada por su marido.

—Eso no tiene por qué pasar.

—Tengo muchas probabilidades.

— A veces las estadísticas nos sorprenden. Además, hoy tú has arruinado mis planes.

— ¿Yo? — dijo ella con tristeza.

Juan sacó del bolsillo de la chaqueta la que había considerado la llave de su libertad. Ahora no estaba seguro si podría abrir alguna puerta, pero si no lo intentaba…

— ¿Es un anillo?

—Iba a pedirte que te casaras conmigo. Pero un mendrugo se me adelantó — intentó sonreír pero lo que en realidad salió de su boca fue una mueca muy forzada — pensé que esta sería la solución todos nuestros problemas. Llevo queriendo hacer esto años pero tenía que esperar a terminar mis estudios. Juntos podríamos… no sé, yo te apoyaría en todo y tú me ayudarías a abandonar la empresa de mi padre. Podríamos marcharnos a Europa, empezar una nueva vida. Tú podrías seguir escribiendo y dar clases y yo me buscaría un trabajo ¡De lo que sea! Algo que no pudiera dar de comer y… bueno, era sólo un sueño.

— ¡Pídemelo!

—Pero… ¡Ya estás prometida!

— ¡Da igual! ¡Pídemelo! Me comprometo contigo.

— ¿Vas a preparar tu boda con dos hombres?

—Pero sólo querré a uno

— ¿No será a Alejandro?

— ¡No! — dijo con una carcajada.

— ¿Y lo demás?

—Ya nos arreglaremos. Tenemos toda una vida por delante.

— Entonces ¿Quieres ca…?

Y antes de que terminase de formular la pregunta, Luisa le  había respondido con un beso. Pero no un beso en la mejilla como  había hecho años atrás. Le besó los labios suave y lentamente. No una, sino muchas veces. Juan perdió la noción del tiempo y pensó, por primera vez en su vida, que la felicidad tenía que ser aquello y si no, debía de estar muy cerca de alcanzarla.

 

Entre beso y beso, ninguno de los dos se percató de que, entre las sombras, alguien les observaba y no estaba contento, nada contento.

CAPITULO 24

Dos años antes, 1943.

Juan volvía  a casa por el verano, pero aquella vez era diferente. Había terminado la universidad y tenía grandes planes para su futuro o, por lo menos para un futuro muy  inmediato.

Los tíos habían decidido pasar otra temporada con ellos a regañadientes de su padre. La relación que tenían con éste cada vez iba a peor. No solo lo habían persuadido — cosa que era francamente difícil — para enviar a su hija a estudiar al extranjero, sino que haciendo caso omiso a sus opiniones, la novela de Luisa saldría a la luz muy pronto. No le gustaba la chica y mucho menos el libro en cuestión, lo consideraba una ofensa personal hacia sí mismo a pesar de que su cuñado lo tachara de egocéntrico. Y luego estaba su hijo, que parecía no tener ojos para otra cosa que no fuera esa mujer y todo lo que tuviera que ver con ella. Juraría que el chico estaba obsesionado. De lo que Fernando no se daba cuenta es que esa obsesión no era ni la mitad de grande que su odio hacia la chica.

— ¡Si al menos fuera una mujer como es debido!

— ¿Qué friegue y cocine?¿Que sólo piense en vestidos? ¿Qué no se pueda mantener con ella una conversación que no sea más que meramente banal? Lo siento padre, pero yo aspiro a algo más de lo que tú me ofreces.

Aquella frase había ofendido al hombre en lo más profundo de su ser. — ¡Un respeto hacia tu madre! — Le había gritado.

—Con eso me lo dices todo…— murmuró.

Aquella fue la última conversación que habían tenido antes de que Juan se marchara tras las vacaciones de Navidad. En los meses siguientes había tenido mucho tiempo para pensar sobre su vida y sobre el hecho de que algún día tendría que hacerse mayor y plantarle cara a su padre. Y, tras mucho meditar, había tomado una decisión.

Llevaba la llave de su libertad en el bolsillo de la chaqueta cuando ese día fue a ver a Luisa. Había llegado de su viaje la noche antes y esperaba encontrársela a la salida de la iglesia como todos los domingos.

Y ver, la vio.

Pero su corazón se rompió en mil pedazos al contemplar como otro hombre la cogía del brazo. Estaban con los padres y la hermana de ella y todos charlaban alegremente. No parecían percatarse de su presencia. Contempló al tipo que la miraba de una forma posesiva y no pudo más que sentir repugnancia al ver que se trataba de Alejandro Ramos, aquel que tanto la había despreciado cuando eran jóvenes. No sabría decir si la chica parecía feliz porque no se le veía demasiado bien la cara pero, conociéndola como la conocía, si no hubiera querido estar con ese hombre, no lo hubiera hecho.

—Están prometidos — dijo Paloma en voz bajita poniendo una mano en el hombro de su hijo que miraba al grupo desolado.

— ¿Por qué nadie me lo había dicho?

—Todos sabíamos lo importante que era para ti tener un buen rendimiento académico ésta temporada. Pensaba que ella te lo había contado pero veo que, como nosotros, no quería distraerte.

De pronto la chica giró la cabeza y contempló a Juan. Sus miradas se cruzaron un momento. La de él reflejaba una profunda tristeza. Ella parecía impasible.  Se acercaron a saludarse cordialmente. Luisa le felicitó por sus buenas notas y por ser oficialmente titulado por una de las universidades más prestigiosas del extranjero. Juan le preguntó por su recién estrenado trabajo como ayudante en la escuela mientras observaba alguna mínima señal en ella que le dijera que todo aquello era mentira. Que no se casaría con ese indeseable.

El futuro marido no tardó en aparecer. Le pasó el brazo por encima de los hombros a su prometida y con una voz arrogante le habló a Juan.

— ¿Te han dado ya la buena noticia?

—No sabía que hubiera ninguna buena noticia — respondió. Vio como en el rostro de Luisa se dibujaba una media sonrisa avergonzada.

— ¡Nos casamos! — dijo apretando a ésta contra sí.

— ¿Quiénes?

— ¡Pues Luisa y yo! ¿Quién va ser? Mira, el titulado…

— Ah, pues, enhorabuena. Espero que seáis muy felices. Estoy seguro de que serás un compañero excelente para Luisa, conocedor de los grandes maestros literarios y de las complejas teorías físicas y matemáticas que explican cómo se ha creado el universo. Además de…

—Sí, sí, yo sé todo eso y más — mintió Alejandro que no era un hombre especialmente espabilado, por no decir que apenas sabía sumar.

—Podremos invitar a Juan a cenar a casa los domingos ¿Verdad cariño? — Dijo Luisa mirando fijamente a Juan.

—Será perfecto — respondió éste aceptando la invitación ante la perplejidad de Alejandro. — Hablaremos sobre la floreciente economía del país y sobre el estado de la bolsa y los mercados financieros. Quizá, tu futuro marido, que todos sabemos es un gran hombre de negocios y si no, mira lo bien que funciona la pescadería de su padre — el verdadero trabajo de éste, era colocar las cajas en los estantes —  podría aconsejarme sobre qué o cuantas acciones debería comprar nuestra modesta empresa para que nos vaya tan bien en los negocios como a él.

La chica se rió ante la mirada furiosa de Alejandro.

—Puedes burlarte de mí, pero yo tengo lo que ni tú ni tu empresa podéis comprar y lo que tú más quieres. — Señaló a Luisa, quien miró a su amigo triste al comprobar que aquel comentario en verdad  le había herido.

Sin decir ni una palabra, Juan dio media vuelta y se fue. Llegó hasta donde estaba su madre y juntos emprendieron el camino a casa.

— ¿No crees que has sido muy injusto con ese pobre chico? — dijo Paloma, quien había oído la conversación.

— ¿Por qué lo dices?

—No todos los jóvenes tienen la suerte de tener el poder que tú tienes. A él no le enseñaron a leer o a comportarse como a ti. Nadie le explicó que hay infinidad de cosas que aprender y mil formas de soñar.

— Es mala persona. Sólo necesito saber eso.

—Lo que tiene de malo es que se ha llevado a la mujer que tú quieres. Reconoce que por muy perfecto que sea el hombre que Luisa elija para casarse, nunca lo aprobarás. A no ser, que seas tú mismo, claro.

—Puede ser. Pero éste especialmente, no me gusta. No nos traerá nada bueno.

— ¿No nos traerá?

—A ella, quiero decir.

—Ya… a ella.

CAPITULO 23

—Tiene mucho carácter esta chica.

—Cierto — respondió el inspector. — No cabe duda de que si su padre entrase en razón, Metales Villanueva estaría en las mejores manos.

— ¿Ha sacado algo en claro de ésta entrevista?

—No hay duda de que Cecilia quiere proteger a su familia a toda costa pero lo que ha conseguido es que en mi lista de sospechosos tenga que apuntar tres nombres más, el de sus tíos y el de ella misma.

—Le ha dicho que le daría toda clase de pruebas para probar su inocencia.

— ¿Y no te parece eso muy exagerado? Si realmente su familia no tiene nada que ver en el asunto deberían estar tranquilos. Además, las pruebas se pueden falsificar y amañar.

—Sí, pero si los rumores empiezan a rondar a la empresa, aunque sean inocentes, perderán prestigio y este incidente es algo que ni sus socios ni sus competidores olvidarán. Nada menos que la muerte de una joven.

—En eso estoy de acuerdo, pero aun así, piénsalo. Por un lado tenemos a sus tíos. Una de las frases que ha dicho Cecilia es clave, el libro se está vendiendo como churros desde la muerte de su autora, lo cual incrementa el patrimonio de sus  mecenas.

—Si me disculpa, también puedo rebatirle eso. ¿Por qué iban a matarla con solo un libro publicado? ¿Por qué no esperar a que tuviera por lo menos tres o cuatro? La gente  compraría todos, no solo uno. Ya sabe el morbo que suele dar a la población todas estas historias.

— ¿Y si por alguna razón tuvieran algún que otro fracaso con uno de sus múltiples negocios y necesitasen el dinero urgentemente? O bien, es posible que en realidad exista una continuación a la novela que escribió Luisa y que nosotros desconocemos. Por eso la mataron, porque ya obtuvieron de ella todo lo que querían.

—No lo sé inspector, disculpe  pero creo que se está usted emocionando en esto de teorizar. Registró la habitación de la joven y no encontró más que los papeles que tiene aquí desperdigados en su oficina. Los ha leído todos por lo menos dos veces y no hay nada que se parezca mínimamente a una novela. Lo más relevante que encontró en aquel cuarto fueron las cartas al joven Villanueva y ni eso parece ser una pista que nos lleve a nada concreto.

Viendo que su fiel agente parecía tener razón en todos sus argumentos. El inspector se sentó cansado y abatido en su vieja silla.

— ¿Qué me dice de Cecilia?

— ¿Por qué iba a ser ella la asesina?

— Quizá por celos o envidia de que otra mujer triunfara antes que ella.

—No lo veo como una razón de peso.

—No olvides que las razones de los asesinatos suelen ser celos, envidias, despechos…

— ¿Y por eso iba a venir ella misma aquí a la comisaría?

—Puede ser una buena forma de encubrirse.

— Lo más seguro sería quedar bajo la protección de su padre. Él lo arreglaría. Si su hija fuese la verdadera responsable de la muerte de Luisa Suárez, ya se habría encargado de formar una coartada creíble y de buscar alguien a quien echar las culpas.

—Hoy te da por llevarme la contraria en todo, Gonzalo.

—Simplemente le doy mi opinión. Con todos mis respetos señor.

—Eres un buen ayudante. El problema es que ahora mismo no sé por dónde coger el caso. Es un misterio. Todos parecen culpables y a la vez, todos pueden ser inocentes. No hay pistas, ni pruebas. ¡Nada! ¡Ni siquiera tenemos el cuerpo! Tal vez no esté muerta

El joven se alarmó — ¡Su padre afirma haberla reconocido!

—Sí, el mismo padre que parece querer ocultarnos información en los interrogatorios. Piénsalo. Era de noche y entre la oscuridad y la mar revuelta consiguieron, no solo ver el cuerpo, sino identificarlo pero ¿No pudieron recatarlo? Empieza a parecerme propio de ciencia ficción. Nuestros equipos tampoco han logrado encontrarlo.

—Pero usted vio un zapato

—No es una prueba concluyente.

— ¿Qué dice la prensa sobre esto?

—Hace unos días que no menta el suceso. La gente parece ir olvidándose poco a poco. Imagino que la empresa Villanueva estará detrás de los medios de comunicación vigilando.

— ¡Eso es censura! — exclamó el joven.

—Soborno más bien, diría yo. Y dado que no estamos en una época de especial auge económico, a nadie le viene mal un dinerillo extra. — suspiró.

—Yo creo que lo mejor será dejarlo pasar y que se archive el caso. Quizás no fue un asesinato y simplemente salió a pasear y se cayó por el barranco.

—De todas, esa es la teoría que menos me convence.

—Usted verá, pero debería de planteárselo. Esta investigación le está consumiendo.

 

—Puedes retirarte Gonzalo, ya pensaré que hacer.

 

CAPÍTULO 22

— Hazla pasar Gonzalo, por favor  — dichas estas palabras apareció por la puerta una joven de deslumbrante belleza. Cecilia Villanueva se hallaba delante de él con el aire de superioridad y cierta arrogancia, que le caracterizaba pese a su juventud. La había visto la tarde anterior en el despacho de su hermano, pero allí, en medio de su rústica oficina parecía un ser totalmente fuera de lugar. A pesar de todo no parecía sentirse en absoluto incómoda, más bien era el propio inspector quien estaba un poco abochornado por el desorden y el olor a cerrado con el que la recibía. Apartó un montón de papeles de una silla y la invitó a sentarse.

— ¿A qué debo su visita? —Preguntó.

—Como pudo observar  ayer, mi padre no me dejó participar en la entrevista que le hizo usted a mi hermano y creo que tengo información que podría serle útil en su investigación.

—Le escucho.

—Bien. Primeramente, quería asegurarme de si sabe usted si está realizando la búsqueda de la persona que mató Luisa Suárez en el lugar adecuado, es decir, básicamente vengo a explicarle de la forma más clara posible que lo que a mi familia respecta, somos inocentes. Metales Villanueva nada tiene que ver con la desaparición y muerte de esa mujer. Creo que mi padre se lo ha dejado bastante claro, pero por si todavía le quedan dudas, me ofrezco voluntaria para proporcionarle toda clase de datos que le puedan ser de utilidad.

— Se lo agradezco mucho señorita Villanueva — dijo el inspector un tanto incrédulo ante el tono autoritario de la chica. — ¿Podría decirme si usted tenía algún tipo de relación con la fallecida?

A Cecilia esa pregunta le pilló totalmente desprevenida. — Fuimos amigas durante un tiempo — Respondió secamente. Al ver que el hombre esperaba en silencio continuó hablando. — Conocí a Luisa hace unos tres años cuando empezaron a tramitar la publicación de su libro. Ella y yo no éramos tan diferentes ¿Sabe? Dos mujeres que aspiran a sueños casi imposibles en un mundo de hombres y una época de posguerra. Manteníamos una buena relación que continuaba por correspondencia cuando pude irme a estudiar a Francia.

— ¿Conserva aún esas cartas?

—No — respondió tajante.

—Desde su punto de vista, ¿Qué relación mantenía con su hermano?

— No me gusta meterme en las relaciones personales, señor, creo que eso es algo de cada uno pero en mi opinión, estuvieron enamorados un tiempo. Años quizás. No obstante, mi hermano pasó mucho tiempo fuera de casa y ella se comprometió con otro hombre. Esas cosas a veces superan al amor más fuerte.

— ¿Conoce  al que iba a ser el marido de su amiga?

—No. Nunca hablaba de él. Puede que ni si quiera la tratara bien. Eso es algo que nunca llegó a contarme.

— ¿Y no se preocupaba usted?

—En absoluto. Luisa era una mujer fuerte que sabía cuidarse sola.

—Parece que no le fue muy bien.

—Uno nunca sabe en qué momento la vida le va a sorprender.

—Cierto. ¿Y qué me dice de sus tíos? Era los… digamos, mecenas de la joven. ¿No es extraño que se hayan ofrecido a avalarla sin recibir nada a cambio?

—Creo que esa es una pregunta un tanto grosera por su parte. Mi familia tiene una enorme fortuna. Para ellos respaldar a esa chica no era más que otro de sus negocios y, por supuesto, terminarían recibiendo beneficios económicos ¿Acaso no sabe la cantidad dinero que aportará esa novela a su patrimonio? No solo por su revolucionario argumento o porque esté escrito por una mujer y eso cause una gran conmoción en los tiempos que corren, ahora que su autora ha muerto de forma trágica el libro se vende como churros.

—Interesante… Esto sitúa, señorita, a sus tíos en una posición complicada. Tal vez sean los más beneficiados por la muerte de la joven y casualmente ahora se encuentran fuera del país.

La chica dio un respingo — No es conveniente para un perro morder la mano que le da de comer —  respondió  —Las cosas a veces no son lo que parecen. Dese cuenta de que ha pasado algo más de un año desde la publicación de la novela y muchas cosas en la vida de Luisa habían cambiado. Si yo fuera usted, hágame caso, investigue a algún familiar de la joven o bien al que estuvo a punto de ser su marido. Mi familia no ha tenido nada que ver. He venido aquí para salvaguardar su honor —tomó aire — .Y una cosa más, le ruego no le diga a mi padre que hemos tenido esta conversación. Le daré todas las pruebas que necesite y pueda conseguir pero, no me gustaría verle por nuestras oficinas más de lo necesario. Le voy a estar vigilando y no se deje guiar por mi juventud. Sólo le aviso de que mi padre es la persona más comprensiva y paciente en comparación conmigo.

Dicho esto se levantó de la silla y se dirigió hacia la salida. Gonzalo, que había permanecido de pie al fondo de la estancia le abrió la puerta y ambos se miraron un momento.